Amordazar

Autor: Gabriel Sanz

Bienvenidos a De(s)generando el género.

DE(s)GENERANDO EL GÉNERO nace de la necesidad de aunar esfuerzos para lograr la Igualdad de género. El nombre no es casual, sino que se enraíza en el fin que perseguimos: degenerar los conceptos que inundan las consideraciones de género para llegar a deshacerlo, desgenerarlo, y despojarlo de todos estereotipos y mandatos que marcan “el deber ser”en función del sexo con el que nacimos. Nos definimos como feministas, porque creemos que la única forma de vivir en un mundo más justo se relaciona con la igualdad real de oportunidades entre mujeres y hombres. Creemos que la educación e información, son la herramienta que nos permitirá vivir en la diversidad, la pluralidad y tolerancia humana. Tenemos la convicción de que esto es posible, y por eso armamos este BLOG , el cual dividimos en secciones que nos parecen de interés para quien quiera acercarse a la temática y estar actualizad@. Las sección “Reseñas”, haremos un breve análisis de distintos títulos de libros y películas que abordan la temática . En las “noticias destacadas”, exponemos los sucesos más relevantes e inauditos, con un pequeño análisis de las mismas. En la agenda, publicamos los eventos relacionados con la temática. En los links de interés, aquellos enlaces que creemos interesantes. Y en la página principal habrá una producción nuestra sobre diversos temas. Todas estas secciones, las vamos a actualizar semana a semana, ya que creemos que la Igualdad y la concientización, es un camino de todos los días.

miércoles, 16 de abril de 2014

El piropo como mandato y la apropiación del cuerpo femenino.

El acoso callejero es una de las formas de violencia simbólica hacia las mujeres más naturalizada. Prueba de esto es que pese a la incomodidad que nos genera, no todas las mujeres nos atrevemos a responder in situ, y la respuesta que muchas veces recibimos al socializarlo es ¡no es para tanto! ¡Es un piropo!
En esta entrada -y en consonancia con la semana contra el acoso callejero- pretendemos repensar el lugar del piropo, de donde viene, que representa, y que se invisibiliza tras su naturalización.

Como dijimos al inicio, estamos en el terreno de la violencia simbólica. Bourdieu sostiene que ésta “se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador” (2000:51) y que “la fuerza simbólica, es una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos y como por arte de magia, al margen de cualquier coacción física” (2000:56). Es decir que este acceso al cuerpo de la mujer tanto de manera carnal o verbal se produce porque esta incorporada la relación de dominio.

En esta línea, Rita Segato nos aporta en su libro Las Estructuras Elementales de la Violencia, una idea que nos permite poner en duda la inocuidad del piropo callejero: “El uso y abuso del cuerpo del otro sin su consentimiento puede darse de diferentes formas, no todas igualmente observables” (2010; 40). Esta idea nos invita a cuestionar el estatus del piropo tanto en su forma “linda” como en las más “groseras”. ¿De que hablamos entonces, cuando una persona -extraña o no- se ostenta el derecho de enunciar algo con respecto a un cuerpo sin  el consentimiento del portador del mismo? Hablamos de una apropiación del cuerpo de la mujer. En el tren, en el colectivo, en la calle... las mujeres fuimos a lo largo de la historia armando estrategias para sentirnos menos invadidas y evitar el acoso que en definitiva, restringen nuestra libertad en el espacio público, lugar masculino por antonomasia. Por ejemplo, asistir a una reunión o transitar en una calle a la noche se convierte en menos peligroso si vamos acompañadas de un varón. Esto instaura y confirma el mensaje “una mujer sola esta en peligro”, y pone en movimiento la maquinaria de segregación y restricción del sistema patriarcal. En el espacio público se hace evidente que la apropiación de nuestro cuerpo es una batalla que debemos seguir dando.

Rita Segato en el mismo libro al que recién hicimos referencia, le dedica un apartado a la violación, en tanto mandato de poder en las relaciones de género. Este “expresa el precepto social de que ese hombre debe ser capaz de demostrar su virilidad, en cuanto compuesto indiscernible de masculinidad y subjetividad, mediante la extracción de la dádiva de lo femenino (…) En otras palabras, el sujeto no viola porque tiene poder o para demostrar que lo tiene. Sino porque debe obtenerlo” (2010: 40). Considerando que, como citamos al inicio, para esta autora cuando habla de abuso del cuerpo del otro no solo refiere a la violación carnal, se comprende que en realidad esa apropiación del cuerpo de la mujer en cualquiera de sus formas tiene por fin demostrar su masculinidad ante sí mismo y ante la sociedad. Pensemos sino que sucede cuando los “piropeadores” están en grupos: en esas ocasiones es claro que se habla de un cuerpo (cosificado de la mujer) cuyo destinatario es otro cuerpo (el del sujeto masculino), en una actitud de camaradería que los reconoce y posiciona en el lugar de la masculinidad definida por el patriarcado.

Para intentar explicar lo que nos produce a las mujeres este acceso a nuestro cuerpo sin nuestro consentimiento, Segato define la “violación alegórica” en la cual “no se produce un contacto que pueda calificarse de sexual pero hay intención de abuso y manipulación indeseada del otro” (2010:40). Esta situación desencadena en la mujer el mismo sentimiento de terror, dolor, humillación, que podría causar una violación carnal, ya que nos antecede y atraviesa una profunda estructura de sometimiento que conecta con el terror de esos actos de poder. Y este es un temor que vivenciamos las mujeres: en la vía pública un varón puede sentir inseguridad por ser asaltado, pero una mujer siente además el terror de ser una potencial víctima de violación.
Es esto lo que muchas veces sentimos las mujeres cuando somos receptoras del acoso callejero. Ese cuerpo fragmentado por la voz y la mirada masculina, ese acorralamiento a veces literal, esa sensación al pasar por una esquina adueñada por varones, puede activar el miedo a la violación ya que nos rememora que toda mujer es potencial víctima de esa violencia y de la cual no sabemos cual será el final.

Segato postula que la alegoría por excelencia de este tipo de violación  es la mirada fija masculina en su “depredación simbólica del cuerpo femenino fragmentario” (2010: 41). En la mirada fija no hay intercambio posible ya que es imperativa, de captura. Es decir instaura un par activo-pasivo del cual ya conocemos las características.


Más allá de sus distintos nombres (piropos, acosos, violaciones alegóricas, etc), siempre estamos hablando de que se acercan a nuestro cuerpo sin nuestro consentimiento. Tras este acoso disfrazado de piropo se esconde la violencia simbólica, la heteronormatividad y el patriarcado. 



Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino





Bibliografía
-Bourdieu, P.: La dominación Masculina. Anagrama, 2000.
-Benalcazar, M.: Piropos callejeros: Disputas y negociaciones. Flacso Ecuador, 2012. Tesis de Maestría.
-Segato, R.: LAs estructuras elementales de la violencis. Ensayo sobre género, antropología, el psicoanalisis y los derechos humanos. Prometeo Libreos, 2010

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jueves, 3 de abril de 2014

La Teoría Queer y la deconstrucción de lo "natural"

La Teoría Queer de acuerdo a Moira Perez (1) es “un conjunto de ideas, pensamientos, y producciones (textos, obra artística, etc.) que apunta a cuestionar aquello que nuestra cultura da por supuesto, lo que asume como “lo normal” o incluso “lo natural” (y por eso, necesario: no puede ser de otra manera)”.

Para clarificar aún más este concepto, lxs invitamos a ver el siguiente video muy breve, en donde la Dra. Beatriz Preciado explica de qué se trata la Teoría Queer:







Explicado muy brevemente, la Teoría Queer es aquella que tiene como premisa cuestionar todo aquello que la sociedad ha naturalizado, como la heterosexualidad obligatoria, los pares duales jerarquizados en los que está organizado el patriarcado, el sistema sexo-género, etcétera. Esta teoría pone de manifiesto que todo aquello que consideramos natural, y por ello inmutable, no es más que una construcción sociocultural. En este orden de ideas, quizá el aporte más revolucionario fue la desnaturalización de la categoría sexo, y aquí es donde la intervención de Judith Butler termina (y empieza) por deconstruir aquello considerado fijo, dado, inmutable, natural, como el sexo biológico con el cual cada uno/a nace. Su aporte a la teoría nos interpela en cuanto al sustento de nuestra propia identidad.
Judith Butler nos invita a reflexionar sobre la construcción identitaria a partir del sexo, y deconstruye lo que aparece construido como la base de todo el sistema identitario: la naturalidad del sexo y de la división sexual. En palabras de Haraway: “Judith Butler sostuvo que el discurso sobre la identidad del género es intrínseco a las ficciones de coherencia heterosexual y que las feministas necesitan aprender a producir legitimidad narrativa para una gran colección de géneros no coherentes” (1991:11). Butler habla de cuerpos coherentes (individuos coherentes), aquellos que  se ajustan a la norma, y cuerpos abyectos, aquellos que quedan por fuera.

Judith Butler en Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del sexo  va un paso más allá cuando deconstruye la categoría sexo, pensada tradicionalmente como perteneciente a la naturaleza, como natural, para pensarla en igual de construida culturalmente que el género:

Consideremos primero que la diferencia sexual se invoca frecuentemente como una cuestión de diferencias materiales. Sin embargo, la diferencia sexual nunca es sencillamente una función de diferencias  materiales que no estén de algún modo marcadas y formadas por las prácticas discursivas. Además, afirmar que las diferencias sexuales son indisociables de las demarcaciones discursivas no es lo mismo que decir que el discurso causa la diferencia sexual. La categoría de "sexo" es, desde el comienzo, normativa… (Butler, 2002:18)

El sexo como construcción se materializa en los cuerpos, y aquí se hace necesario volver sobre lo expuesto más arriba al respecto de los cuerpos coherentes y abyectos como resultados de su adecuación a esta categoría de sexo “naturalizada” que es en realidad cultural: “(…) 1as normas reguladoras del "sexo" obran de una manera performativa para constituir la materialidad de los cuerpos y, más específicamente, para materializar el sexo del cuerpo, para materializar la diferencia sexual en aras de consolidar el imperativo heterosexual“ (Butler, 2002:18). El sexo ya no es más un dato corporal, sino que se construyen los cuerpos a partir de lo que se construye como sexo. Son interesantes las implicancias que esta afirmación tiene para la construcción de la identidad. Si todo lo que habitamos es construido, excepto el sexo que viene dado, aún tenemos una base sobre la cual construir nuestra identidad, una base que no cambia, que es esencial a nosotrxs mismxs y que determina lo coherente/no coherente. Cuando nos percatamos de que esta “base inalterable” es otro dato social, la identidad no puede aparecer como algo fijo, sino necesariamente debemos pensarla como proceso de construcción identitaria.
Por otro lado, si todo es construido, incluso lo considerado “natural por excelencia”, las opciones se diversifican y se legitiman "cuerpos incoherentes" como portadores de una identidad que cabe perfectamente en un entramado social que reconoce la diversidad. Cuando Butler dice: “tales desidentificaciones colectivas pueden facilitar una reconceptualización de cuáles son los cuerpos que importan y qué cuerpos habrán de surgir como aún materia crítica de interés” (2002:21) nos permite pensar en esto que enunciamos una normatividad incluyente y no excluyente, que es la forma que actualmente se construye el ser varón y el ser mujer. Debemos desandar estas construcciones que no permiten matices y toda una gama de seres y cuerpos que pueden no ser coherentes con la heterosexualidad binaria obligatoria, pero son coherentes con ellxs mismxs, con su sentir y su pensar.
Si coincidimos con la frase que postula que el discurso construye al sujeto, no debemos perder de vista que hay un discurso normativo sobre el sexo y lo sexual que es performativo del sujeto, que no hay un cuerpo puro que no haya sido construido como tal. Visibilizar el discurso nos permite romper con el binarismo de género y deconstruir el sujeto para construir sujetxs. Reflexionar sobre ello trae aparejado reflexionar sobre de qué modo y hasta qué punto no se construyen los cuerpos.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino



Bibliografía consultada:
(1) Para la realización de esta entrada, consultamos diversas fuentes, una de ellas la entrevista realizada a Moira Perez en la página www.deborarte.com.ar (difundida a través de la Red Informativa de Mujeres Argentinas) que pueden consultar en el siguiente link http://www.deborarte.com.ar/entrevista-moira-perez-nos-cuenta-sobre-teoria-queer/
  • Butler, Judith (2002) Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós.
  • Haraway, Donna, (1991) “Género para un diccionario marxista”, en Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra.

jueves, 27 de marzo de 2014

Cuando un rol se confunde con el Ser: Maternidad en cuestión.


Rosa Montero en su libro “La Loca de la Casa” se pregunta “¿Como nos sentimos de verdad las mujeres, en lo mas hondo, frente a la maternidad y la no maternidad? ¿Que mitos, que sueños y que miedos se ocultan ahí, y como podemos expresarlos?” (2005:164).
La respuesta no es fácil, ya que tomar distancia y pensar la maternidad de manera teórica, presenta grandes resistencias: nos interpela a todxs más no sea como hijxs. Sin embargo, creemos que es necesario rever que representaciones sociales conlleva este concepto ya que es un vértice donde se articula el patriarcado. Siempre es interesante volver sobre las representaciones sociales: estas organizan el pensamiento social y dan referencias sobre el comportamiento de la vida cotidiana, incidiendo en la formación del proceso identitario que confirma la representación social. Con respecto a la maternidad, la operación simbólica que la atraviesa hace que la capacidad de procrear de la mujer sea interpretada como LA cualidad femenina; esta representación es incorporada en nuestra subjetividad como certeza y el deseo de maternar se produce como proyecto que da sentido a la vida, confundiendo un rol con el ser.
Pensemos sino en la primera menstruación, proceso biológico que -entre otras cosas- nos habilita para ser madres. Cuando una joven tiene su primera menarca se dice “se hizo señorita o mujer”, ¿es que antes no lo somos? ¿acaso las mujeres menapáusicas no son mujeres? ¿ y las mujeres trans? Ser madres para el imaginario colectivo, nos define como mujeres completas; pese a los años de feminismo, muchas personas siguen pensando que ser mujer y no ser madre es tener algo pendiente.
Esta posición materna dificulta mucho la salida del círculo de la violencia, ya que la mirada patriarcal la articula de manera complementaria con la paternidad. Pareciera que tener un/a hijx gesta automáticamente un padre y una madre con funciones naturales. La función de la madre en tanto cuidadora predilecta se sostiene en el mito del instinto materno, que instala la creencia de que tener la capacidad de procrear (entre otras muchas capacidades claro, aunque el foco patriarcal este puesto acá) imprime en nosotras una tendencia natural a ser madres, cualidad que como dijimos tiñe la feminidad. Desde esta perspectiva no nos sorprende escuchar que muchas mujeres víctimas de violencia refieran que “no quiero ser mala madre y que no vean a su padre” (cuando hablamos de varones que violentan directa o indirectamente tanto a la mujer como a los hijos Ver entrada: Niñxs testigos de violencia= niñxs víctimas/ en situación de violencia ), “me quedé por mis hijxs”, mujeres que soportan la violencia de lxs hijxs (porque lxs chicxs muchísimas veces reproducen la violencia aprendida), todas actitudes que confirman el imaginario de la mujer/madre abnegada/sumisa/comprensiva y que las expone muchas veces a situaciones de alto riesgo.
Pensar la maternidad con perspectiva de género, permite ver que para llegar a esas graves situaciones de violencia hay en la antesala un sin fin de pre-conceptos que establece que la maternidad es protección, solidaridad, abnegación y amor incondicional, en complementariedad (paradójicamente una complementariedad excluyente) con una paternidad caracterizada por la autoridad, la ley, la rigidez, la virilidad y el ser proveedor. Siguiendo esta línea, pensar la maternidad desde la perspectiva de género, también nos habilita a pensar en otras maneras de paternar, más en contacto con las nuevas masculinidades (ver Masculinidad hegemónica y patriarcal ¿qué mecanismos actúan para que la sociedad la sostenga?), en la cual no se asocie la paternidad con la virilidad y la hombría. Y para la mujer que desea ser madre, implica corrernos del lugar de madres silenciadas por un/a hijx-falo que nos completa y es de nuestra propiedad.
Es decir que no preguntarnos por la maternidad invisibiliza por lo menos dos limitaciones: por un lado excluye simbólicamente de la “identidad femenina” a aquellas mujeres que no desean ser madres dificultando la asunción de este no-deseo; y por otro establece un deber ser “buena madre”, que incide en la vida cotidiana. Resaltamos en este punto la limitación laboral. Durante mucho tiempo el único deseo legítimo para la mujer fue la maternidad, por lo que ésta quedaba excluída de muchos circuitos de saber y poder (y si queremos ir un poco más profundo, ni siquiera este único espacio que se nos permitió vivir con libertad ya que los partos -como mencionamos en la entrada  Violencia Obstétrica, Violencia invisible  - son también digitados por el saber médico-hegemónico-patriarcal). Hoy ya en Siglo XXI la mujer ha ingresado masivamente al mundo laboral, lo cual ha empezado a resquebrajar la solidez de la representación mujer/madre. Sin embargo la herencia patriarcal hace que la mayoría de las mujeres se hayan doblegado, y cumplan las funciones domésticas y también las propias del ámbito público.
Desde nuestra postura, no negamos lo maravilloso de dar vida, ni que exista una elección legítima de ser madre. Solo queremos poner en cuestión la maternidad en tanto muchas veces queda articulada a un supuesto deseo, pero que responde en realidad a una de las tantas maneras de dominación masculina, acompañada por la alienación del deseo propio y una gran cuota de culpa. El género en su definición más elemental de relación desigual, se hace evidente aquí cuando pensamos como es adjetivada una mujer que no ha tenido hijxs y como un varón: en nosotras la carga negativa es mucho mayor, nuevamente.


Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

Bibliografía:

Fernandez, A.M.: "La mujer de una ilusión". Paidós. 1996
Montero, R: "La casa de la Loca". Buenos Aires, Suma de Letras, 2005. 1° Edición.
Villamizar, Y.: ¿Es lo mismo ser mujer que ser madre? . En Ética: Masculinidades y Feminidades. Parte II.: Mujeres, Representaciones y Empoderamiento. UNC 2000.

martes, 18 de marzo de 2014

Representaciones distorsivas sobre la mujer victima/en situacion de violencia


Hace un tiempo este equipo que conformamos Desgenerando el Género viene reflexionando sobre la conceptualización de la mujer víctima o en situación de violencia, y esta inquietud se puede ver en las entradas sobre ¿Quien se empodera?, La culpa: un instrumento politico y Mitos sobre la mujer maltratada. La idea de esta entrada es retomar un poco esas reflexiones y profundizar en aquello que nos preocupa: aquello que puebla el imaginario social y profesional sobre las mujeres victimas de violencia, ¿determina la atencion que reciben por parte de lxs agentes publicos que trabajan en la problematica? ¿Condiciona la ayuda de amigxs y familiares?
Pensar en una mujer víctima tiene como punto negativo el hecho de encasillarla desde lo discursivo en un lugar del que es difícil salir, o en realidad, es difícil pensar en que esa mujer pueda salir. La palabra víctima es muy fuerte y podríamos cuestionarnos acerca de su performatividad. Por otro lado, en todos los protocolos y en las leyes, a la mujer que atraviesa una situación de violencia se la designa como víctima, y así se las concibe como acreedoras de algunos derechos/beneficios para salir de esa condición, como lo es por ejemplo el programa "Ellas Hacen", el cual prioriza para su otorgamiento a la mujer "victima de violencia de genero".
Sin embargo, también notamos que existe una diferencia en referirnos a “la víctima” sustantivando la situación, o a la “mujer víctima” adjetivando una situación que es coyuntural: la mujer también puede ser trabajadora, madre, soltera y eventualmente víctima, no se la conceptualiza directamente como tal: "la victima".
Representaciones sociales distorsivas
 Imagen extraida del libro: Violencia familiar...Liberarse es posible de Maria Cristina Bertelli, pag.213
Con respecto entonces, a la “mujer víctima” notamos que hay representaciones sociales que impregnan el imaginario de aquellxs que trabajan o conviven con la problemática de la violencia, definiendo lo que para ellxs sería una “buena víctima de violencia” y una que no.
La “buena víctima de violencia” es en principio una mujer que se deja rescatar, y que acata sumisamente todo lo que nosotrxs, de este lado del mostrador, creemos que ella necesita hacer para salir de esa situación. Por el contrario, la mala víctima de violencia es aquella que se resiste, que no quiere ser rescatada, que duda de aquello que se le dice, y que en realidad, todavia no decidio que hacer, pero no quiere que decidan por ella.
A la buena víctima de violencia es más fácil ayudarla, no solamente porque se deja hacer, sino porque, muchas veces, en su cuerpo lleva las marcas de la violencia. Con la mala víctima es diferente: una mujer profesional que sufra violencia psicológica y que tenga muy en claro que es victima de violencia y exija que los dispositivos actuen para frenar esa situacion, es menos creíble en tanto víctima, para quien recepta su denuncia, si es que no cuenta con formacion en estas cuestiones.
Y la cuestion es que la heterogeneidad de las mujeres que sufren violencia es incuestionable: las hay en todas las clases sociales, en todas las profesiones y oficios, solteras, casadas, viudas o noviando, estudiantes y trabajadoras, adolescentes, jovenes, adultas y mayores, y la lista sigue. Y las actitudes de ls mujeres que transitan por esta situacion tambien lo es, aunque una cosa es validad para todas: todas quieren que la situacion de violencia termine.
Una idea que esta presente en relacion con las mujeres en situacion de violencia es la de su culpabilidad. Muchxs de lxs profesionales que atienden cuestiones vinculadas a las violencias contra las mujeres, muchxs amigxs, hermanxs, padres creen que la responsabilidad de la violencia es de la mujer victima, en ultima instancia, porque "no deciden irse". Siempre hay que tener en cuenta que la mujer puede desarrollar estrategias psiquicas de defensa como los denominados "Sindrome de Estocolmo domestico" o Sindrome de indefension aprehendida" aunque tambien pueden concurrir otras causas, no menos decisivas, por las cuales a una mujer se le dificulte salir de la situacion de violencia: no tiene a donde ir, no tiene a quien llamar, de irse debe hacerlo con sus hijos y no cuenta con la infraestructura necesaria para ello, no tiene trabajo, no tiene dinero, etcetera. No es tan facil irse, si no hay espalda para sostener la decision.
Imagen extraida del libro: Violencia familiar...Liberarse es posible de Maria Cristina Bertelli, pag. 82

Volviendo sobre los mitos que configuran las representaciones sociales en cuanto a la mujer victima/ en situacion de violencia, quisieramos retomar los siguientes (tratados in extenso por Gioconda Batres Méndez) y preguntarnos: ¿cuantos de estos mitos se reflejan en la atencion que brindan ciertxs agentes publicos, que no permiten que la  perspectiva de genero permee su labor? ¿cuantos de estos mitos son tenidos como ciertxs, por vecinos que no se atreven a llamar a la policia cuando escuchan una pelea violenta? ¿cuantos de estos mitos impiden que lxs familiares y amigxs acompañen a una mujer en situacion de violencia, en el largo camino que deben recorrer para salir de la misma?
  1. El enojo y la ira causan la violencia contra la pareja.
Es la desigualdad estructural entre varones y mujeres y la ordenación genérica jerárquica la causa primera de las violencias contra las mujeres.
  1. Las mujeres son provocadoras de la violencia.
Nótese como a través de este mito se pretende culpabilizar a la mujer por la violencia sufrida.
  1. Las mujeres dicen no cuando quieren decir sí.
Mito que legitima la imposición de voluntad del varón, que “sabe mejor que la mujer misma” lo que ella quiere, les quita la voz a las mujeres y las culpabiliza.
  1. Las mujeres deben estar en casa y los varones trabajando afuera.
La división de las esferas pública y privada de acuerdo al género ostentado, y la irrupción de las mujeres en el ámbito público es una de las razones de la llamada “crisis de la masculinidad” que ha puesto en jaque el orden social impuesto por el patriarcado, y que provoca más violencia.
  1. Si a un varón la pareja lo provoca, es natural que la agreda.
Obviamente, el acto provocador va a ser definido por el varón. Y además, legitima las respuestas violentas, y no el diálogo, porque una persona dialoga con quien considera su par, no con quien considera inferior.
  1. A veces es necesario usar la violencia.
La masculinidad hegemónica diría que siempre es necesario utilizar la violencia frente a cuestionamientos de la propia masculinidad.
  1. Las mujeres liberadas odian a los varones.
Es vox populi que, no inocentemente, pocas personas saben que el feminismo es un movimiento que lucha por la igualdad entre varones y mujeres, y no una ideología que los odia, como popularmente se ha recepcionado.
  1. Las mujeres son tan violentas como los varones.
Este mito intenta justificar la violencia ejercida, y además invertir el orden del cuestionamiento.
  1. Las mujeres quieren ser dominadas por los varones.
Se confunde el querer con los efectos de una socialización diferenciada que estipula que “así debe ser”.
  1. Los celos son naturales en los varones y son amor.
La creencia que quien te cela es porque te ama ha contribuido a paralizar y confundir a las mujeres frente a actos que no son otra cosa que intentos de control de sus vidas. Los mitos del amor romántico han legitimado casi toda la violencia ejercida contra mujeres, disfrazándolas de amor verdadero.
  1. La violencia se da por problemas en la comunicación.
Esto no es así, ya que la violencia no se emplea como modo de resolución de conflictos en la pareja, sino como forma de imponer la voluntad del uno sobre la otra.
  1. Un varón tiene derecho a escoger las amistades de la compañera.
Este mito legitima el poder de control del varón sobre su compañera mujer.
  1. La violencia es responsabilidad de los dos.
  2. Las mujeres golpeadas se quedan porque les gusta.
  3. Si la mujer no se dejara el varón no le pegaría
La violencia sólo es responsabilidad de quien la ejerce. Es muy importante tener presente los mecanismos psicológicos que se aplican para que una mujer tolere la violencia sufrida, como el síndrome de Estocolmo doméstico o el síndrome de indefensión aprehendida, que explican el por qué una mujer puede quedarse, sin que esto sea en verdad una elección legítima.
  1. Si la mujer se aguanta por bastante tiempo las cosas cambiarán.
Este mito legitima la pasividad que se espera de una mujer. Las relaciones violentas sólo empeoran con el tiempo.
  1. La violencia doméstica no afecta a los/as niños/as.
Aunque lxs niñxs no sufran los hechos violentos directamente, siempre se ven afectados por ellos, e inmediatamente se convierten en víctimas de violencia intrafamiliar.
  1. Esto es voluntad de Dios y nadie se debe meter.
  2. Alguien debe estar a cargo del hogar
  3. Las mujeres merecen ser golpeadas porque se portan mal.
Los fundamentos religiosos y morales han ejercido mucha influencia en el mantenimiento del statu quo que legitima las violencias contra las mujeres.

Julieta Evangelina Cano y Maria Laura Yacovino 

Bibliografia consultada:
  • Batres Méndez, Gioconda (1999) El lado oculto de la masculinidad/ San José, Costa Rica: ILANUD. Programa Regional de Capacitación contra la Violencia Doméstica.
  • Bertelli, Maria Cristina (2009) Violencia familiar, liberarse es posible. Ed. de la autora.

martes, 18 de febrero de 2014

Reflexiones acerca de situaciones concretas de violencia institucional


Dos acontecimientos que trascurrieron la semana pasada en nuestro país han activado una alarma entra las feministas de Argentina:
El primero de ellos al que nos referimos (entre tantos otros que seguramente no trascienden en los medios) sucedió en la provincia de San Juan, en donde se cito a declarar a una mujer que había denunciado por violencia de género a su pareja, 19 meses después de que él la matara; y el segundo caso ocurrió en San Fernando, en donde trascendió un video en donde se ve cómo un policía maltrata físicamente a una mujer que había concurrido a hacer una denuncia por violencia doméstica.
No podemos dejar de alarmarnos por estos hechos no sólo por lo aberrantes de ambos, sino por el mensaje que sin duda transciende y llega a ellas y a ellos:  ante una denuncia que pretenda desequilibrar el statu quo, el Estado responderá con violencia institucional.
Artículo 6 inciso b de la ley 26.485 dice:
Violencia institucional contra las mujeres: aquella realizada por las/los funcionarias/os, profesionales, personal y agentes pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública, que tenga como fin retardar, obstaculizar o impedir que las mujeres tengan acceso a las políticas públicas y ejerzan los derechos previstos en esta ley. Quedan comprendidas, además, las que se ejercen en los partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, deportivas y de la sociedad civil;

A pesar de los esfuerzos de nuestro país por prevenir, sancionar y erradicar las violencias contra las mujeres, aun falta mucho, porque lo normado en la legislación no permea a las prácticas de lxs funcionarixs que trabajan en la problemática. Y es que trabajar en violencias contra las mujeres no sensibiliza per se a los operadores, sino que es necesario que éstxs no sólo estén capacitadxs sino también comprometidos en la lucha por una igualdad real entre mujeres y varones. Y es que muchxs funcionarixs siguen pensando que la mujer vícitma de violencia es la culpable de la violencia que sufre.
Una mujer que está atravesando una situación de violencia, que aproximadamente le toma entre 5 y 8 años acercarse a realizar la primer denuncia a la comisaría y que se encuentra con una desidia tan extrema que es absurda, o con agresiones físicas por parte del personal policial, es algo que no nos podemos permitir como sociedad. Las mujeres pagan con sus vidas estas aberraciones.
La violencia institucional es a nuestro juicio, de las más graves, ya que le “confirma” a las mujeres que no hay nada que puedan hacer con el flagelo de la violencia que sufren, porque el Estado está ausente, o porque el Estado decide deliberadamente no hacer nada al respecto, volviendo al paradigma de la violencia como parte de la esfera privada de las ciudadanas.
Es importante que cuando una mujer en situación de violencia acude a un servicio del Estado, sepa que puede volver a recurrir cuando lo necesite. Ese es el paso inicial para la salida del círculo de la violencia, una red, personal e institucional, que acompañe a las mujeres en este camino largo que implica el derecho a una vida libre de violencia. Los casos expuestos, por el contrario, sólo disuaden a las mujeres de acudir al Estado en caso de necesitar ayuda, y al conclusión más grave de todo este sistema perverso, es que no hay salida.
Hasta tanto no ocurra la situación ideal de que exista gente sensibilizada alojando a una mujer que acude a una institución por ser víctima de violencia, creemos de suma importancia poder ofrecerle a las mujeres conocimientos claros de cuales son sus derechos, y las herramientas con las que cuenta. Como expusimos en la entrada sobre Empoderamiento, el saber genera mayor autonomía. Es importante que quede claro que:

  • La  violencia es un círculo, y no desaparece ni cambia. Con las personas violentas no es posible llegar a ningún acuerdo, y eso ellas lo saben por propia experiencia.
  • Si está sufriendo violencia, que acuda a una Comisaría de la Mujer a denunciar el hecho.
  • Entender que quien toma la denuncia (tanto en comisaría, como la declaración en el Juzgado) no necesariamente es una persona sensibilizada en la temática, por lo cual es importante ayudar a que sean claras y contundentes en los relatos, a saber: descripción clara del hecho, nombre del agresor, si utilizó algún elemento para provocar la agresión o a modo intimidatorio, si hubo amenazas e insultos y cuales, y si había testigxs o si fue en presencia de sus hijxs si los hubiere. Si la Comisaría de la Mujer realiza Informe de Riesgo, averiguar en que horarios lo hacen y solicitar que se lo hagan. Esto es un elemento más para pedir las medidas y muchas veces sustituye el requisito de llevar testigxs. Si hubio lesiones físicas, que acuda al Hospital o Centro de Salud a pedir el Precario Médico donde quedarán constatadas las lesiones.
  • Comunicarle que el agresor no se enterará de esa denuncia hasta que no exista una medida cautelar y sea notificado.
  • Una vez realizada la denuncia, dirigirse en el lapso de 72 hs al Juzgado de Paz a solicitar medidas de Protección: Perímetro,  Exclusión del Hogar y/o restitución de pertenencias.
  • Aclararle que las medidas pueden tardar unos días en salir, y que es importante que en ese tiempo extreme las medidas de protección: indagar por la red vincular que pueda tener para que pueda apoyarse en ella; si ella expresa no tener a nadie producto de la violencia indagar por vecinos, participación en instituciones, concurrencia a centro de Salud, ofrecerle los espacios que existan en el municipio; tener a mano el número  de teléfono de la policía; intentar estar el menor tiempo posible sola.
  • Si estos trámites los debe realizar en horario laboral, puede solicitar un certificado que conste que estuvo realizando trámites en el Juzgado o acudiendo a algún servicio de salud.
  • Ponerla en conocimiento de como sigue el proceso Judicial: como se notifica, que ella no tiene que estar presente si se realiza una exclusión, que el perímetro una vez vigente debe cumplirse y denunciar si esto no ocurre.
  • Si se queda en la casa que el agresor tiene llave, aconsejarle cambiar la cerradura o la combinación. Una vez hecho, suele generar bastante más tranquilidad. Lo mismo con el teléfono celular, si el agresor la acosa por mensajes de texto y/o llamados, además de realizar la denuncia pertinente por incumplimiento, cambiar el número de teléfono y que se lo da a su círculo más intimo.
  • Generalmente, la denuncia y trámites judiciales generan mucha culpa a la mujer: resaltar que nada de esto hubiera ocurrido si ese varón no la hubiera violentado y que si hay un culpable es él, y no ella. Que todo esto es para protegerse y salir de una vida donde su deseo quedó aplacado.
  • Alertarla sobre las posibles "venganzas" del agresor, a fin de que tenga herramientas para actuar de manera saludable: seguramente no le dará recursos económicos, buscará aislarla, intentará disuadirla en que nada de lo que hace sirve, buscará controlarla y/o manipularla, le dirá mentiras para generarle miedo, y usará a lxs niñxs (si los hubiere) como principal herramienta de control: que es mala madre, que se los va a sacar, que ella está loca y la justicia no se los va a dar, que son sus hijxs y que el puede verlos cuando quiera (En relación:  Niñxs testigos de violencia= niñxs víctimas ) Es imprescindible que sepa que cuenta con Servicios especializados (darle dirección y teléfono) a donde puede dirigirse para sacarse cualquier duda.
  • Evaluar en cada mujer, cuando es pertinente darle las distintas informaciones. Si se puede realizar un seguimiento cercano o mantener un intercambio fluído, lo ideal es que más allá de darle un pantallazo general ir luego recordando por "etapa" lo que corresponda, ya que la información es mucha y la idea es que otorgue claridad y no que sume confusión.
Finalizando...
Como ya dijimos reiteradas veces en este blog, la problemática de las violencias contra las mujeres no puede abordarse desde el sentido común, y no puede dejarse en manos de personal no capacitado al efecto. Es necesario que se dispongan de los fondos necesarios, no sólo para formar a lxs agentes del Estado, sino también para contratar personal idóneo.
Desde las escuelas y las Universidades, nos preguntamos, ¿qué se está haciendo hoy? Cuando la perspectiva de género sigue entrando por el costado en materias muchas veces optativas, cuando las hay, o en talleres de 2 horas por mes que no llegan adimensionar el fenómeno. 
Creemos que estos casos ponen de relieve que falta mucho por recorrer y que no deben bajarse los brazos, porque resta mucho por hacer, sobre todo porque el punto focal de las políticas públicas está basada en la denuncia de los hechos, evidenciando que el silencio mata, pero en estos casos, el valor también se paga caro.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

lunes, 10 de febrero de 2014

La construcción y deconstrucción de la(s) sujeta(s) mujer(es) desde los feminismos de la segunda ola

En esta hipótesis, mujeres y hombres no quieren decir sino lo que
les han hecho decir siglos de sujeción de unas por los otros.
Una vez superada la sujeción, no habría sino Sujeto,
de acuerdo con la afirmación humanista: el Hombre,
al fin, devuelto a su trascendencia, desalienado,
y des-alterado (Collin, 2006:29)


Desde El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir se ha intentado la conceptualización y la construcción del sujeto femenino. Es esta obra la autora se pregunta qué ha supuesto para ella el hecho de ser mujer, y fue Sartre quien le insta a reflexionar sobre el tema, puntualizando que su educación no había sido la misma que se le da a un varón (Varela, 2005:83). Cuando Simone comienza a indagar, termina por conceptualizar a la mujer como lo-otro postulando que lo-uno es el varón, y esta visión no es intercambiable. En palabras de Nuria Varela: “Por ejemplo, si para un pueblo los otros son los “extranjeros”, para esos “extranjeros”, los otros serán quienes les llaman así. Es decir, el sentimiento de los otros es recíproco. Con la mujer no ocurre eso. El hombre en ningún caso es el otro” (Varela, 2005:84). De Beauvoir postula esta categorización como universal por estar presente en todas las culturas: el varón es lo universal y la mujer lo particular. A partir de aquí comienza el derrotero feminista, no sólo para la construcción de un sujeto/sujeta feminista sino también para dar cuenta de cuál es el fundamento de la opresión de las mujeres.
En los años ´60 y ´70 surge en U.S.A. el feminismo radical, que pretendía ir a las raíces de la propia opresión, como una reacción al feminismo liberal, inaugurado por Betty Friedman con su libro La mística de la feminidad. Esta rama del feminismo se caracteriza por “definir la situación de las mujeres como una desigualdad - y no una opresión o una explotación. Por ello, defienden que hay que reformar el sistema hasta lograr la igualdad entre los sexos” (Varela, 2005:102). 
El feminismo radical, utilizando las herramientas del marxismo, del psicoanálisis, del anticolonialismo y las teorías de la Escuela de Frankfurt (Varela, 2005) y politizando principalmente con el primero, aprovecha los elementos que esta teoría aporta para pensar la opresión
Al respecto nos parece interesante una reflexión de Collin: “La voluntad, común a las feministas, de superar la estructura de dominación que afecta a la diferencia de los sexos conduce así a posiciones antagónicas que también tienen en común, sin embargo, restaurar una afirmación metafísica del sujeto. En el primer caso, se trata del sujeto-mujeres, calificado de femenino —es la posición hoy llamada esencialista— y en el segundo —es la posición racionalista— se trata del sujeto humano. En una y otra hipótesis se sobreentiende lo que mujeres quiere decir: todo o nada. En uno y otro caso se impone una representación de la diferencia de los sexos, sea como determinable, sea como nula y sin valor” (Collin, 2006:30).
De este diálogo dialéctico que implica un rompimiento político con el marxismo, se logra un concepto propio: el patriarcado. La mujer no sólo estaba oprimida por el capitalismo, sino que además estaba oprimida por el patriarcado, es decir que sufría una doble opresión que los marxistas ortodoxos no llegaban o no querían ver, que de hecho ni Marx ni Engels habían visto tampoco (Haraway, 1991). La consecuencia es que la lucha no podía ir dirigida sólo contra el capitalismo como pretendían los varones, porque la especificidad del ser mujer necesitaba que esa lucha se concrete contra el patriarcado capitalista. Alexandra Kollontai fue una de las primeras en verlo.
Las feministas radicales, bajo el slogan “lo personal es político” llevan a la arena pública aquellos temas que tradicionalmente se consideraron pertenecientes a la esfera privada: la violencia contra la mujer, el trabajo doméstico, el cuidado, la sexualidad: “si lo personal es político, las leyes no se pueden quedar a la puerta de casa” (Varela, 2005:106), sobre todo cuando en realidad el Estado siempre ha regulado las cuestiones sobre la familia. Es importante tener en cuenta que: "Además de revolucionar la teoría política y feminista, las radicales hicieron tres aportaciones, como mínimo, igual de importantes: las grandes protestas públicas, el desarrollo de los grupos de autoconciencia y -menos espectaculares pero enormemente beneficiosos para las mujeres- la creación de centros alternativos de ayuda y autoayuda" (Varela, 2005:106).
La crítica más importante que se le hace a esta corriente del feminismo es que piensa al sujeto/sujeta feminista como “la mujer” perteneciente a una clase sexual homogénea; haciendo hincapié en el origen biológico de las diferencias: “El problema con el feminismo radical es que ha tratado de hacer esto abstrayendo el sexo de las otras relaciones de poder en la sociedad” (Einsenstein, 1980:50).
El objetivo de la revolución femenina, según Firestone no debe limitarse a la eliminación de los privilegios masculinos, sino que debe alcanzar a la distinción misma del sexo: las diferencias genitales entre los seres humanos deberían pasar a ser culturalmente neutras (Firestone, 1973) y a la par de la revolución del proletariado para acabar con el sistema de clases capitalista, la autora propone la confiscación del control de la reproducción para lograr la revolución feminista, ya que identifica la opresión femenina con el hecho biológico de reproducción. A esto Einsenstein responde: “… la clase sexual no es una opresión biológica sino una presión cultural (…) Las instituciones de la familia y el matrimonio, así como los sistemas legal y cultural que las protegen y que refuerzan la heterosexualidad, constituyen las bases de la represión política de las mujeres” (Einsenstein, 1980:52)
El feminismo socialista de Zillah Einsenstein (1980) también utiliza la teoría marxista para pensar la opresión de las mujeres, y también piensa en un patriarcado capitalista. Lo que se propone de esta corriente es atravesar las estructuras de poder de la sociedad patriarcal por todas las categorías pertinentes: “… debemos utilizar el método transformado para comprender los puntos de contacto entre la historia patriarcal y la historia de clase, y para interpretar la dialéctica entre sexo y clase, sexo y raza, raza y clase y finalmente, sexo, raza y clase” (Einsenstein, 1980:50)
Pensando en el origen de la opresión, del cómo y del por qué Einsenstein nos dice: “El patriarcado ha sido sostenido a través de la división sexual del trabajo y la sociedad, que ha estado fundamentada en el uso cultural, social y económico del cuerpo de las mujer como medio para la reproducción” (1980:58).
Una prueba material de que no podía pensarse en un/a sujetx únicx y uniforme fue la intervención de Domitila Barrios en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer, organizada en México en 1975, en dónde interpela a Betty Friedman con la frase: “Si me permite Ud. hablar…” dando cuenta de las diferencias que existen entre las mujeres en razón de clase social, etnia, país de residencia, etcétera y desterrando la idea una única mujer homogénea. Las diferentes mujeres tienen reivindicaciones distintas de acuerdo a las categorías que las atraviesen. No es lo mismo ser una mujer de clase media, blanca y heterosexual en U.S.A. que una mujer negra, de clase baja, lesbiana en Perú.
La apertura del feminismo socialista para pensar lxs sujetxs feministas como “las mujeres” atravesadas todas ellas por otras categorías sociales, permitió el surgimiento de un feminismo de los márgenes: feminismo negro, feminismo lesbiano, de migrantes, hispanoparlantes, etcétera (Haraway, 1991).

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

Referencias bibliográficas
Collin, Françoise, (2006) Praxis de la diferencia. Liberación y libertad, Barcelona, Icaria.
Einsenstein, Zillah, (1980) Patriarcado capitalista, feminismo socialista, México, Siglo XXI.
Firestone, Shulamite (1973) La dialéctica del sexo, Madrid, Kairos.
Haraway, Donna, (1991) “Género para un diccionario marxista”, en Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra.
Varela, Nuria (2005) Feminismo para principiantes, Barcelona, Ediciones B.

jueves, 16 de enero de 2014

¿Quien se empodera?

Cuando pensamos en como ayudar a una mujer víctima de violencia, aparece el término “empoderar” casi de inmediato. En esta entrada pretendemos historizar un poco el término y profundizar en su significado.

La idea de empoderamiento tiene su origen en la década del 60 con el enfoque de la educación popular de Paulo Freire, quien postula la necesidad de ofrecer al pueblo una educación que lleve a la responsabilidad sobre sí mismo, “una educación que le facilitase la reflexión sobre su propio poder de reflexionar y que tuviese su instrumentación en el desarrollo de ese poder, en la explicación de sus potencialidades, de la cual nacería su capacidad de opción” (Freire 1992,p.52). En la misma línea argumental Gramsci y Focault definen al “poder como el acceso, uso y control de recursos tanto físicos como ideológicos, en una relación social siempre presente” (Leon, 1999, p. 2).
Si bien no hay un común acuerdo de quien fue la persona que establece este concepto específicamente al colectivo de mujeres, la mayoría de los textos coinciden que fue propuesta en 1985 “para referirse al proceso por el cual las mujeres acceden al control de los recursos (materiales y simbólicos) y refuerzan sus capacidades y protagonismo en todos los ámbitos”i . Es decir, que podemos entender el empoderamiento como una expresión de la libertad de elegir y actuar, y como el poder de las mujeres sobre los recursos y decisiones que afectan su vida. Empoderarse implica ser protagonistas de sus propias vidas.

La idea del empoderamiento de las mujeres no es condición exclusiva de aquellas que están siendo víctimas de violencia ya que por el hecho de ser parte de esta cultura, todas y todos reproducimos en más o menos, la subordinación de las mujeres como género. Sin embargo, en aquellas que están siendo violentadas por el hecho de ser mujeres, la violencia provoca un arrasamiento subjetivo que la despoja mucho de esta capacidad de control sobre los propios recursos y derechos.
Es por eso que una parte fundamental del empoderamiento es la toma de conciencia de los propios derechos e intereses, y de como estos se relacionan con los de otras personas; el objetivo es que las personas vulneradas puedan posicionarse más sólidamente, participen en el cambio social, se agrupen colectivamente y estén en condiciones de influir en la toma de decisiones. Es decir que el empoderamiento tiene una dimensión individual relacionada con los propios niveles de autoestima y la autonomía, y otra dimensión colectiva, que implica la necesidad de unirse con otras personas con objetivos comunes, a fin de que aumenten su capacidad de participación y llegada.

El poder que el empoderamiento pregona, se separa ampliamente de la concepción clásica de poder en término patriarcales. Se transforma de su significado de dominación sobre otrxs, para poner al sujeto en el centro de la escena. Desde esta perspectiva hablaremos de:

a) Poder propio: La toma de conciencia de su subordinación, el aumento de la confianza en sí mismas, y al registro de como es capaz de influir en su vida y realizar cambios-
b) Poder con: La capacidad organizarse con otrxs, negociar y defender un objetivo común.
c) Poder de: La identificación de sus intereses, de tomar decisiones y de desarrollar opciones creativas y de potenciar sus capacidades intelectuales-

Así, la mujer que logra empoderarse deja de ser sujeto para otrxs (de la historia, de la cultura) para ser sujeta de su propia su vida y protagonista de la historia, de la cultura y de la política, con libertad y legitimidad para opinar, participar, actuar y crear. Como proceso subjetivo, implica desarrollar la conciencia de la propia capacidad, del derecho a tener derechos, de ganar legitimidad con una misma, y autonomía y seguridad subjetiva para tomar decisiones propias, para elegir, para ser quien quiere ser.
Esquemáticamente, podemos pensar el empoderamiento como el elemento espaciador entre la vulnerabilidad y las mujeres. Las situaciones de violencia llevan a estas a quedar bajo la sombra del discurso hostil del violento, siendo la vulnerabilidad un efecto de esto. Empoderarse implica reducir esa vulnerabilidad e incrementar la propia capacidad de configurar la vida y el entorno, y tomar decisiones para el cambio. Como es necesario tomar conciencia de lo propio, empoderarse es algo que le sucede a cada quien, es un proceso absolutamente personal. Una SE empodera, no LA empoderan. El resto de lxs actorxs -llámese familiares o institucionales- acompañan el proceso; el cambio se concreta cuando esa mujer se individua, es decir se constituye como un ser único e independiente y con capacidad para decidir.
Considerando que a lo largo de la historia, las mujeres hemos sido un colectivo inhabilitado para ejercer poder, empoderarse es un logro que nos compete a todas y que nos permitirá tomar contacto con nuestro potencial transformador para defender nuestros derechos de manera individual, y posteriormente de manera grupal para trabajar en sororidad hacia una mayor equidad de género. Porque, como dice la popular consigna, “lo personal es político”.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino




Bibliografia

Cepeda Islas Susana El empoderamiento de la mujer como motor del desarrollo local: caso Ejido Narigua, Municipio de Gral. Cepeda, Coahuila

Freire P. (1992). La educación como práctica de la libertad. México: siglo veintiuno

Leon, Magdalena (1999) Poder y empoderamiento de las mujeres. Región y Sociedad. VOL XI. N°18. Bogotá

VV/AA (2007): El Proceso de empoderamiento de las mujeres. Guía metodológica. Brusellas.


VV/AA: Diccionario de acción comunitaria y Cooperación al Desarrollo

VV/AA: Principios para el empoderamiento de la mujer . La igualdad es buen negocio Iniciativa conjunta de UNIFEM y del Pacto Mundial de la ONU