Amordazar

Autor: Gabriel Sanz

Bienvenidos a De(s)generando el género.

DE(s)GENERANDO EL GÉNERO nace de la necesidad de aunar esfuerzos para lograr la Igualdad de género. El nombre no es casual, sino que se enraíza en el fin que perseguimos: degenerar los conceptos que inundan las consideraciones de género para llegar a deshacerlo, desgenerarlo, y despojarlo de todos estereotipos y mandatos que marcan “el deber ser”en función del sexo con el que nacimos. Nos definimos como feministas, porque creemos que la única forma de vivir en un mundo más justo se relaciona con la igualdad real de oportunidades entre mujeres y hombres. Creemos que la educación e información, son la herramienta que nos permitirá vivir en la diversidad, la pluralidad y tolerancia humana. Tenemos la convicción de que esto es posible, y por eso armamos este BLOG , el cual dividimos en secciones que nos parecen de interés para quien quiera acercarse a la temática y estar actualizad@. Las sección “Reseñas”, haremos un breve análisis de distintos títulos de libros y películas que abordan la temática . En las “noticias destacadas”, exponemos los sucesos más relevantes e inauditos, con un pequeño análisis de las mismas. En la agenda, publicamos los eventos relacionados con la temática. En los links de interés, aquellos enlaces que creemos interesantes. Y en la página principal habrá una producción nuestra sobre diversos temas. Todas estas secciones, las vamos a actualizar semana a semana, ya que creemos que la Igualdad y la concientización, es un camino de todos los días.

martes, 18 de marzo de 2014

Representaciones distorsivas sobre la mujer victima/en situacion de violencia


Hace un tiempo este equipo que conformamos Desgenerando el Género viene reflexionando sobre la conceptualización de la mujer víctima o en situación de violencia, y esta inquietud se puede ver en las entradas sobre ¿Quien se empodera?, La culpa: un instrumento politico y Mitos sobre la mujer maltratada. La idea de esta entrada es retomar un poco esas reflexiones y profundizar en aquello que nos preocupa: aquello que puebla el imaginario social y profesional sobre las mujeres victimas de violencia, ¿determina la atencion que reciben por parte de lxs agentes publicos que trabajan en la problematica? ¿Condiciona la ayuda de amigxs y familiares?
Pensar en una mujer víctima tiene como punto negativo el hecho de encasillarla desde lo discursivo en un lugar del que es difícil salir, o en realidad, es difícil pensar en que esa mujer pueda salir. La palabra víctima es muy fuerte y podríamos cuestionarnos acerca de su performatividad. Por otro lado, en todos los protocolos y en las leyes, a la mujer que atraviesa una situación de violencia se la designa como víctima, y así se las concibe como acreedoras de algunos derechos/beneficios para salir de esa condición, como lo es por ejemplo el programa "Ellas Hacen", el cual prioriza para su otorgamiento a la mujer "victima de violencia de genero".
Sin embargo, también notamos que existe una diferencia en referirnos a “la víctima” sustantivando la situación, o a la “mujer víctima” adjetivando una situación que es coyuntural: la mujer también puede ser trabajadora, madre, soltera y eventualmente víctima, no se la conceptualiza directamente como tal: "la victima".
Representaciones sociales distorsivas
 Imagen extraida del libro: Violencia familiar...Liberarse es posible de Maria Cristina Bertelli, pag.213
Con respecto entonces, a la “mujer víctima” notamos que hay representaciones sociales que impregnan el imaginario de aquellxs que trabajan o conviven con la problemática de la violencia, definiendo lo que para ellxs sería una “buena víctima de violencia” y una que no.
La “buena víctima de violencia” es en principio una mujer que se deja rescatar, y que acata sumisamente todo lo que nosotrxs, de este lado del mostrador, creemos que ella necesita hacer para salir de esa situación. Por el contrario, la mala víctima de violencia es aquella que se resiste, que no quiere ser rescatada, que duda de aquello que se le dice, y que en realidad, todavia no decidio que hacer, pero no quiere que decidan por ella.
A la buena víctima de violencia es más fácil ayudarla, no solamente porque se deja hacer, sino porque, muchas veces, en su cuerpo lleva las marcas de la violencia. Con la mala víctima es diferente: una mujer profesional que sufra violencia psicológica y que tenga muy en claro que es victima de violencia y exija que los dispositivos actuen para frenar esa situacion, es menos creíble en tanto víctima, para quien recepta su denuncia, si es que no cuenta con formacion en estas cuestiones.
Y la cuestion es que la heterogeneidad de las mujeres que sufren violencia es incuestionable: las hay en todas las clases sociales, en todas las profesiones y oficios, solteras, casadas, viudas o noviando, estudiantes y trabajadoras, adolescentes, jovenes, adultas y mayores, y la lista sigue. Y las actitudes de ls mujeres que transitan por esta situacion tambien lo es, aunque una cosa es validad para todas: todas quieren que la situacion de violencia termine.
Una idea que esta presente en relacion con las mujeres en situacion de violencia es la de su culpabilidad. Muchxs de lxs profesionales que atienden cuestiones vinculadas a las violencias contra las mujeres, muchxs amigxs, hermanxs, padres creen que la responsabilidad de la violencia es de la mujer victima, en ultima instancia, porque "no deciden irse". Siempre hay que tener en cuenta que la mujer puede desarrollar estrategias psiquicas de defensa como los denominados "Sindrome de Estocolmo domestico" o Sindrome de indefension aprehendida" aunque tambien pueden concurrir otras causas, no menos decisivas, por las cuales a una mujer se le dificulte salir de la situacion de violencia: no tiene a donde ir, no tiene a quien llamar, de irse debe hacerlo con sus hijos y no cuenta con la infraestructura necesaria para ello, no tiene trabajo, no tiene dinero, etcetera. No es tan facil irse, si no hay espalda para sostener la decision.
Imagen extraida del libro: Violencia familiar...Liberarse es posible de Maria Cristina Bertelli, pag. 82

Volviendo sobre los mitos que configuran las representaciones sociales en cuanto a la mujer victima/ en situacion de violencia, quisieramos retomar los siguientes (tratados in extenso por Gioconda Batres Méndez) y preguntarnos: ¿cuantos de estos mitos se reflejan en la atencion que brindan ciertxs agentes publicos, que no permiten que la  perspectiva de genero permee su labor? ¿cuantos de estos mitos son tenidos como ciertxs, por vecinos que no se atreven a llamar a la policia cuando escuchan una pelea violenta? ¿cuantos de estos mitos impiden que lxs familiares y amigxs acompañen a una mujer en situacion de violencia, en el largo camino que deben recorrer para salir de la misma?
  1. El enojo y la ira causan la violencia contra la pareja.
Es la desigualdad estructural entre varones y mujeres y la ordenación genérica jerárquica la causa primera de las violencias contra las mujeres.
  1. Las mujeres son provocadoras de la violencia.
Nótese como a través de este mito se pretende culpabilizar a la mujer por la violencia sufrida.
  1. Las mujeres dicen no cuando quieren decir sí.
Mito que legitima la imposición de voluntad del varón, que “sabe mejor que la mujer misma” lo que ella quiere, les quita la voz a las mujeres y las culpabiliza.
  1. Las mujeres deben estar en casa y los varones trabajando afuera.
La división de las esferas pública y privada de acuerdo al género ostentado, y la irrupción de las mujeres en el ámbito público es una de las razones de la llamada “crisis de la masculinidad” que ha puesto en jaque el orden social impuesto por el patriarcado, y que provoca más violencia.
  1. Si a un varón la pareja lo provoca, es natural que la agreda.
Obviamente, el acto provocador va a ser definido por el varón. Y además, legitima las respuestas violentas, y no el diálogo, porque una persona dialoga con quien considera su par, no con quien considera inferior.
  1. A veces es necesario usar la violencia.
La masculinidad hegemónica diría que siempre es necesario utilizar la violencia frente a cuestionamientos de la propia masculinidad.
  1. Las mujeres liberadas odian a los varones.
Es vox populi que, no inocentemente, pocas personas saben que el feminismo es un movimiento que lucha por la igualdad entre varones y mujeres, y no una ideología que los odia, como popularmente se ha recepcionado.
  1. Las mujeres son tan violentas como los varones.
Este mito intenta justificar la violencia ejercida, y además invertir el orden del cuestionamiento.
  1. Las mujeres quieren ser dominadas por los varones.
Se confunde el querer con los efectos de una socialización diferenciada que estipula que “así debe ser”.
  1. Los celos son naturales en los varones y son amor.
La creencia que quien te cela es porque te ama ha contribuido a paralizar y confundir a las mujeres frente a actos que no son otra cosa que intentos de control de sus vidas. Los mitos del amor romántico han legitimado casi toda la violencia ejercida contra mujeres, disfrazándolas de amor verdadero.
  1. La violencia se da por problemas en la comunicación.
Esto no es así, ya que la violencia no se emplea como modo de resolución de conflictos en la pareja, sino como forma de imponer la voluntad del uno sobre la otra.
  1. Un varón tiene derecho a escoger las amistades de la compañera.
Este mito legitima el poder de control del varón sobre su compañera mujer.
  1. La violencia es responsabilidad de los dos.
  2. Las mujeres golpeadas se quedan porque les gusta.
  3. Si la mujer no se dejara el varón no le pegaría
La violencia sólo es responsabilidad de quien la ejerce. Es muy importante tener presente los mecanismos psicológicos que se aplican para que una mujer tolere la violencia sufrida, como el síndrome de Estocolmo doméstico o el síndrome de indefensión aprehendida, que explican el por qué una mujer puede quedarse, sin que esto sea en verdad una elección legítima.
  1. Si la mujer se aguanta por bastante tiempo las cosas cambiarán.
Este mito legitima la pasividad que se espera de una mujer. Las relaciones violentas sólo empeoran con el tiempo.
  1. La violencia doméstica no afecta a los/as niños/as.
Aunque lxs niñxs no sufran los hechos violentos directamente, siempre se ven afectados por ellos, e inmediatamente se convierten en víctimas de violencia intrafamiliar.
  1. Esto es voluntad de Dios y nadie se debe meter.
  2. Alguien debe estar a cargo del hogar
  3. Las mujeres merecen ser golpeadas porque se portan mal.
Los fundamentos religiosos y morales han ejercido mucha influencia en el mantenimiento del statu quo que legitima las violencias contra las mujeres.

Julieta Evangelina Cano y Maria Laura Yacovino 

Bibliografia consultada:
  • Batres Méndez, Gioconda (1999) El lado oculto de la masculinidad/ San José, Costa Rica: ILANUD. Programa Regional de Capacitación contra la Violencia Doméstica.
  • Bertelli, Maria Cristina (2009) Violencia familiar, liberarse es posible. Ed. de la autora.

martes, 18 de febrero de 2014

Reflexiones acerca de situaciones concretas de violencia institucional


Dos acontecimientos que trascurrieron la semana pasada en nuestro país han activado una alarma entra las feministas de Argentina:
El primero de ellos al que nos referimos (entre tantos otros que seguramente no trascienden en los medios) sucedió en la provincia de San Juan, en donde se cito a declarar a una mujer que había denunciado por violencia de género a su pareja, 19 meses después de que él la matara; y el segundo caso ocurrió en San Fernando, en donde trascendió un video en donde se ve cómo un policía maltrata físicamente a una mujer que había concurrido a hacer una denuncia por violencia doméstica.
No podemos dejar de alarmarnos por estos hechos no sólo por lo aberrantes de ambos, sino por el mensaje que sin duda transciende y llega a ellas y a ellos:  ante una denuncia que pretenda desequilibrar el statu quo, el Estado responderá con violencia institucional.
Artículo 6 inciso b de la ley 26.485 dice:
Violencia institucional contra las mujeres: aquella realizada por las/los funcionarias/os, profesionales, personal y agentes pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública, que tenga como fin retardar, obstaculizar o impedir que las mujeres tengan acceso a las políticas públicas y ejerzan los derechos previstos en esta ley. Quedan comprendidas, además, las que se ejercen en los partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, deportivas y de la sociedad civil;

A pesar de los esfuerzos de nuestro país por prevenir, sancionar y erradicar las violencias contra las mujeres, aun falta mucho, porque lo normado en la legislación no permea a las prácticas de lxs funcionarixs que trabajan en la problemática. Y es que trabajar en violencias contra las mujeres no sensibiliza per se a los operadores, sino que es necesario que éstxs no sólo estén capacitadxs sino también comprometidos en la lucha por una igualdad real entre mujeres y varones. Y es que muchxs funcionarixs siguen pensando que la mujer vícitma de violencia es la culpable de la violencia que sufre.
Una mujer que está atravesando una situación de violencia, que aproximadamente le toma entre 5 y 8 años acercarse a realizar la primer denuncia a la comisaría y que se encuentra con una desidia tan extrema que es absurda, o con agresiones físicas por parte del personal policial, es algo que no nos podemos permitir como sociedad. Las mujeres pagan con sus vidas estas aberraciones.
La violencia institucional es a nuestro juicio, de las más graves, ya que le “confirma” a las mujeres que no hay nada que puedan hacer con el flagelo de la violencia que sufren, porque el Estado está ausente, o porque el Estado decide deliberadamente no hacer nada al respecto, volviendo al paradigma de la violencia como parte de la esfera privada de las ciudadanas.
Es importante que cuando una mujer en situación de violencia acude a un servicio del Estado, sepa que puede volver a recurrir cuando lo necesite. Ese es el paso inicial para la salida del círculo de la violencia, una red, personal e institucional, que acompañe a las mujeres en este camino largo que implica el derecho a una vida libre de violencia. Los casos expuestos, por el contrario, sólo disuaden a las mujeres de acudir al Estado en caso de necesitar ayuda, y al conclusión más grave de todo este sistema perverso, es que no hay salida.
Hasta tanto no ocurra la situación ideal de que exista gente sensibilizada alojando a una mujer que acude a una institución por ser víctima de violencia, creemos de suma importancia poder ofrecerle a las mujeres conocimientos claros de cuales son sus derechos, y las herramientas con las que cuenta. Como expusimos en la entrada sobre Empoderamiento, el saber genera mayor autonomía. Es importante que quede claro que:

  • La  violencia es un círculo, y no desaparece ni cambia. Con las personas violentas no es posible llegar a ningún acuerdo, y eso ellas lo saben por propia experiencia.
  • Si está sufriendo violencia, que acuda a una Comisaría de la Mujer a denunciar el hecho.
  • Entender que quien toma la denuncia (tanto en comisaría, como la declaración en el Juzgado) no necesariamente es una persona sensibilizada en la temática, por lo cual es importante ayudar a que sean claras y contundentes en los relatos, a saber: descripción clara del hecho, nombre del agresor, si utilizó algún elemento para provocar la agresión o a modo intimidatorio, si hubo amenazas e insultos y cuales, y si había testigxs o si fue en presencia de sus hijxs si los hubiere. Si la Comisaría de la Mujer realiza Informe de Riesgo, averiguar en que horarios lo hacen y solicitar que se lo hagan. Esto es un elemento más para pedir las medidas y muchas veces sustituye el requisito de llevar testigxs. Si hubio lesiones físicas, que acuda al Hospital o Centro de Salud a pedir el Precario Médico donde quedarán constatadas las lesiones.
  • Comunicarle que el agresor no se enterará de esa denuncia hasta que no exista una medida cautelar y sea notificado.
  • Una vez realizada la denuncia, dirigirse en el lapso de 72 hs al Juzgado de Paz a solicitar medidas de Protección: Perímetro,  Exclusión del Hogar y/o restitución de pertenencias.
  • Aclararle que las medidas pueden tardar unos días en salir, y que es importante que en ese tiempo extreme las medidas de protección: indagar por la red vincular que pueda tener para que pueda apoyarse en ella; si ella expresa no tener a nadie producto de la violencia indagar por vecinos, participación en instituciones, concurrencia a centro de Salud, ofrecerle los espacios que existan en el municipio; tener a mano el número  de teléfono de la policía; intentar estar el menor tiempo posible sola.
  • Si estos trámites los debe realizar en horario laboral, puede solicitar un certificado que conste que estuvo realizando trámites en el Juzgado o acudiendo a algún servicio de salud.
  • Ponerla en conocimiento de como sigue el proceso Judicial: como se notifica, que ella no tiene que estar presente si se realiza una exclusión, que el perímetro una vez vigente debe cumplirse y denunciar si esto no ocurre.
  • Si se queda en la casa que el agresor tiene llave, aconsejarle cambiar la cerradura o la combinación. Una vez hecho, suele generar bastante más tranquilidad. Lo mismo con el teléfono celular, si el agresor la acosa por mensajes de texto y/o llamados, además de realizar la denuncia pertinente por incumplimiento, cambiar el número de teléfono y que se lo da a su círculo más intimo.
  • Generalmente, la denuncia y trámites judiciales generan mucha culpa a la mujer: resaltar que nada de esto hubiera ocurrido si ese varón no la hubiera violentado y que si hay un culpable es él, y no ella. Que todo esto es para protegerse y salir de una vida donde su deseo quedó aplacado.
  • Alertarla sobre las posibles "venganzas" del agresor, a fin de que tenga herramientas para actuar de manera saludable: seguramente no le dará recursos económicos, buscará aislarla, intentará disuadirla en que nada de lo que hace sirve, buscará controlarla y/o manipularla, le dirá mentiras para generarle miedo, y usará a lxs niñxs (si los hubiere) como principal herramienta de control: que es mala madre, que se los va a sacar, que ella está loca y la justicia no se los va a dar, que son sus hijxs y que el puede verlos cuando quiera (En relación:  Niñxs testigos de violencia= niñxs víctimas ) Es imprescindible que sepa que cuenta con Servicios especializados (darle dirección y teléfono) a donde puede dirigirse para sacarse cualquier duda.
  • Evaluar en cada mujer, cuando es pertinente darle las distintas informaciones. Si se puede realizar un seguimiento cercano o mantener un intercambio fluído, lo ideal es que más allá de darle un pantallazo general ir luego recordando por "etapa" lo que corresponda, ya que la información es mucha y la idea es que otorgue claridad y no que sume confusión.
Finalizando...
Como ya dijimos reiteradas veces en este blog, la problemática de las violencias contra las mujeres no puede abordarse desde el sentido común, y no puede dejarse en manos de personal no capacitado al efecto. Es necesario que se dispongan de los fondos necesarios, no sólo para formar a lxs agentes del Estado, sino también para contratar personal idóneo.
Desde las escuelas y las Universidades, nos preguntamos, ¿qué se está haciendo hoy? Cuando la perspectiva de género sigue entrando por el costado en materias muchas veces optativas, cuando las hay, o en talleres de 2 horas por mes que no llegan adimensionar el fenómeno. 
Creemos que estos casos ponen de relieve que falta mucho por recorrer y que no deben bajarse los brazos, porque resta mucho por hacer, sobre todo porque el punto focal de las políticas públicas está basada en la denuncia de los hechos, evidenciando que el silencio mata, pero en estos casos, el valor también se paga caro.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

lunes, 10 de febrero de 2014

La construcción y deconstrucción de la(s) sujeta(s) mujer(es) desde los feminismos de la segunda ola

En esta hipótesis, mujeres y hombres no quieren decir sino lo que
les han hecho decir siglos de sujeción de unas por los otros.
Una vez superada la sujeción, no habría sino Sujeto,
de acuerdo con la afirmación humanista: el Hombre,
al fin, devuelto a su trascendencia, desalienado,
y des-alterado (Collin, 2006:29)


Desde El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir se ha intentado la conceptualización y la construcción del sujeto femenino. Es esta obra la autora se pregunta qué ha supuesto para ella el hecho de ser mujer, y fue Sartre quien le insta a reflexionar sobre el tema, puntualizando que su educación no había sido la misma que se le da a un varón (Varela, 2005:83). Cuando Simone comienza a indagar, termina por conceptualizar a la mujer como lo-otro postulando que lo-uno es el varón, y esta visión no es intercambiable. En palabras de Nuria Varela: “Por ejemplo, si para un pueblo los otros son los “extranjeros”, para esos “extranjeros”, los otros serán quienes les llaman así. Es decir, el sentimiento de los otros es recíproco. Con la mujer no ocurre eso. El hombre en ningún caso es el otro” (Varela, 2005:84). De Beauvoir postula esta categorización como universal por estar presente en todas las culturas: el varón es lo universal y la mujer lo particular. A partir de aquí comienza el derrotero feminista, no sólo para la construcción de un sujeto/sujeta feminista sino también para dar cuenta de cuál es el fundamento de la opresión de las mujeres.
En los años ´60 y ´70 surge en U.S.A. el feminismo radical, que pretendía ir a las raíces de la propia opresión, como una reacción al feminismo liberal, inaugurado por Betty Friedman con su libro La mística de la feminidad. Esta rama del feminismo se caracteriza por “definir la situación de las mujeres como una desigualdad - y no una opresión o una explotación. Por ello, defienden que hay que reformar el sistema hasta lograr la igualdad entre los sexos” (Varela, 2005:102). 
El feminismo radical, utilizando las herramientas del marxismo, del psicoanálisis, del anticolonialismo y las teorías de la Escuela de Frankfurt (Varela, 2005) y politizando principalmente con el primero, aprovecha los elementos que esta teoría aporta para pensar la opresión
Al respecto nos parece interesante una reflexión de Collin: “La voluntad, común a las feministas, de superar la estructura de dominación que afecta a la diferencia de los sexos conduce así a posiciones antagónicas que también tienen en común, sin embargo, restaurar una afirmación metafísica del sujeto. En el primer caso, se trata del sujeto-mujeres, calificado de femenino —es la posición hoy llamada esencialista— y en el segundo —es la posición racionalista— se trata del sujeto humano. En una y otra hipótesis se sobreentiende lo que mujeres quiere decir: todo o nada. En uno y otro caso se impone una representación de la diferencia de los sexos, sea como determinable, sea como nula y sin valor” (Collin, 2006:30).
De este diálogo dialéctico que implica un rompimiento político con el marxismo, se logra un concepto propio: el patriarcado. La mujer no sólo estaba oprimida por el capitalismo, sino que además estaba oprimida por el patriarcado, es decir que sufría una doble opresión que los marxistas ortodoxos no llegaban o no querían ver, que de hecho ni Marx ni Engels habían visto tampoco (Haraway, 1991). La consecuencia es que la lucha no podía ir dirigida sólo contra el capitalismo como pretendían los varones, porque la especificidad del ser mujer necesitaba que esa lucha se concrete contra el patriarcado capitalista. Alexandra Kollontai fue una de las primeras en verlo.
Las feministas radicales, bajo el slogan “lo personal es político” llevan a la arena pública aquellos temas que tradicionalmente se consideraron pertenecientes a la esfera privada: la violencia contra la mujer, el trabajo doméstico, el cuidado, la sexualidad: “si lo personal es político, las leyes no se pueden quedar a la puerta de casa” (Varela, 2005:106), sobre todo cuando en realidad el Estado siempre ha regulado las cuestiones sobre la familia. Es importante tener en cuenta que: "Además de revolucionar la teoría política y feminista, las radicales hicieron tres aportaciones, como mínimo, igual de importantes: las grandes protestas públicas, el desarrollo de los grupos de autoconciencia y -menos espectaculares pero enormemente beneficiosos para las mujeres- la creación de centros alternativos de ayuda y autoayuda" (Varela, 2005:106).
La crítica más importante que se le hace a esta corriente del feminismo es que piensa al sujeto/sujeta feminista como “la mujer” perteneciente a una clase sexual homogénea; haciendo hincapié en el origen biológico de las diferencias: “El problema con el feminismo radical es que ha tratado de hacer esto abstrayendo el sexo de las otras relaciones de poder en la sociedad” (Einsenstein, 1980:50).
El objetivo de la revolución femenina, según Firestone no debe limitarse a la eliminación de los privilegios masculinos, sino que debe alcanzar a la distinción misma del sexo: las diferencias genitales entre los seres humanos deberían pasar a ser culturalmente neutras (Firestone, 1973) y a la par de la revolución del proletariado para acabar con el sistema de clases capitalista, la autora propone la confiscación del control de la reproducción para lograr la revolución feminista, ya que identifica la opresión femenina con el hecho biológico de reproducción. A esto Einsenstein responde: “… la clase sexual no es una opresión biológica sino una presión cultural (…) Las instituciones de la familia y el matrimonio, así como los sistemas legal y cultural que las protegen y que refuerzan la heterosexualidad, constituyen las bases de la represión política de las mujeres” (Einsenstein, 1980:52)
El feminismo socialista de Zillah Einsenstein (1980) también utiliza la teoría marxista para pensar la opresión de las mujeres, y también piensa en un patriarcado capitalista. Lo que se propone de esta corriente es atravesar las estructuras de poder de la sociedad patriarcal por todas las categorías pertinentes: “… debemos utilizar el método transformado para comprender los puntos de contacto entre la historia patriarcal y la historia de clase, y para interpretar la dialéctica entre sexo y clase, sexo y raza, raza y clase y finalmente, sexo, raza y clase” (Einsenstein, 1980:50)
Pensando en el origen de la opresión, del cómo y del por qué Einsenstein nos dice: “El patriarcado ha sido sostenido a través de la división sexual del trabajo y la sociedad, que ha estado fundamentada en el uso cultural, social y económico del cuerpo de las mujer como medio para la reproducción” (1980:58).
Una prueba material de que no podía pensarse en un/a sujetx únicx y uniforme fue la intervención de Domitila Barrios en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer, organizada en México en 1975, en dónde interpela a Betty Friedman con la frase: “Si me permite Ud. hablar…” dando cuenta de las diferencias que existen entre las mujeres en razón de clase social, etnia, país de residencia, etcétera y desterrando la idea una única mujer homogénea. Las diferentes mujeres tienen reivindicaciones distintas de acuerdo a las categorías que las atraviesen. No es lo mismo ser una mujer de clase media, blanca y heterosexual en U.S.A. que una mujer negra, de clase baja, lesbiana en Perú.
La apertura del feminismo socialista para pensar lxs sujetxs feministas como “las mujeres” atravesadas todas ellas por otras categorías sociales, permitió el surgimiento de un feminismo de los márgenes: feminismo negro, feminismo lesbiano, de migrantes, hispanoparlantes, etcétera (Haraway, 1991).

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

Referencias bibliográficas
Collin, Françoise, (2006) Praxis de la diferencia. Liberación y libertad, Barcelona, Icaria.
Einsenstein, Zillah, (1980) Patriarcado capitalista, feminismo socialista, México, Siglo XXI.
Firestone, Shulamite (1973) La dialéctica del sexo, Madrid, Kairos.
Haraway, Donna, (1991) “Género para un diccionario marxista”, en Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra.
Varela, Nuria (2005) Feminismo para principiantes, Barcelona, Ediciones B.

jueves, 16 de enero de 2014

¿Quien se empodera?

Cuando pensamos en como ayudar a una mujer víctima de violencia, aparece el término “empoderar” casi de inmediato. En esta entrada pretendemos historizar un poco el término y profundizar en su significado.

La idea de empoderamiento tiene su origen en la década del 60 con el enfoque de la educación popular de Paulo Freire, quien postula la necesidad de ofrecer al pueblo una educación que lleve a la responsabilidad sobre sí mismo, “una educación que le facilitase la reflexión sobre su propio poder de reflexionar y que tuviese su instrumentación en el desarrollo de ese poder, en la explicación de sus potencialidades, de la cual nacería su capacidad de opción” (Freire 1992,p.52). En la misma línea argumental Gramsci y Focault definen al “poder como el acceso, uso y control de recursos tanto físicos como ideológicos, en una relación social siempre presente” (Leon, 1999, p. 2).
Si bien no hay un común acuerdo de quien fue la persona que establece este concepto específicamente al colectivo de mujeres, la mayoría de los textos coinciden que fue propuesta en 1985 “para referirse al proceso por el cual las mujeres acceden al control de los recursos (materiales y simbólicos) y refuerzan sus capacidades y protagonismo en todos los ámbitos”i . Es decir, que podemos entender el empoderamiento como una expresión de la libertad de elegir y actuar, y como el poder de las mujeres sobre los recursos y decisiones que afectan su vida. Empoderarse implica ser protagonistas de sus propias vidas.

La idea del empoderamiento de las mujeres no es condición exclusiva de aquellas que están siendo víctimas de violencia ya que por el hecho de ser parte de esta cultura, todas y todos reproducimos en más o menos, la subordinación de las mujeres como género. Sin embargo, en aquellas que están siendo violentadas por el hecho de ser mujeres, la violencia provoca un arrasamiento subjetivo que la despoja mucho de esta capacidad de control sobre los propios recursos y derechos.
Es por eso que una parte fundamental del empoderamiento es la toma de conciencia de los propios derechos e intereses, y de como estos se relacionan con los de otras personas; el objetivo es que las personas vulneradas puedan posicionarse más sólidamente, participen en el cambio social, se agrupen colectivamente y estén en condiciones de influir en la toma de decisiones. Es decir que el empoderamiento tiene una dimensión individual relacionada con los propios niveles de autoestima y la autonomía, y otra dimensión colectiva, que implica la necesidad de unirse con otras personas con objetivos comunes, a fin de que aumenten su capacidad de participación y llegada.

El poder que el empoderamiento pregona, se separa ampliamente de la concepción clásica de poder en término patriarcales. Se transforma de su significado de dominación sobre otrxs, para poner al sujeto en el centro de la escena. Desde esta perspectiva hablaremos de:

a) Poder propio: La toma de conciencia de su subordinación, el aumento de la confianza en sí mismas, y al registro de como es capaz de influir en su vida y realizar cambios-
b) Poder con: La capacidad organizarse con otrxs, negociar y defender un objetivo común.
c) Poder de: La identificación de sus intereses, de tomar decisiones y de desarrollar opciones creativas y de potenciar sus capacidades intelectuales-

Así, la mujer que logra empoderarse deja de ser sujeto para otrxs (de la historia, de la cultura) para ser sujeta de su propia su vida y protagonista de la historia, de la cultura y de la política, con libertad y legitimidad para opinar, participar, actuar y crear. Como proceso subjetivo, implica desarrollar la conciencia de la propia capacidad, del derecho a tener derechos, de ganar legitimidad con una misma, y autonomía y seguridad subjetiva para tomar decisiones propias, para elegir, para ser quien quiere ser.
Esquemáticamente, podemos pensar el empoderamiento como el elemento espaciador entre la vulnerabilidad y las mujeres. Las situaciones de violencia llevan a estas a quedar bajo la sombra del discurso hostil del violento, siendo la vulnerabilidad un efecto de esto. Empoderarse implica reducir esa vulnerabilidad e incrementar la propia capacidad de configurar la vida y el entorno, y tomar decisiones para el cambio. Como es necesario tomar conciencia de lo propio, empoderarse es algo que le sucede a cada quien, es un proceso absolutamente personal. Una SE empodera, no LA empoderan. El resto de lxs actorxs -llámese familiares o institucionales- acompañan el proceso; el cambio se concreta cuando esa mujer se individua, es decir se constituye como un ser único e independiente y con capacidad para decidir.
Considerando que a lo largo de la historia, las mujeres hemos sido un colectivo inhabilitado para ejercer poder, empoderarse es un logro que nos compete a todas y que nos permitirá tomar contacto con nuestro potencial transformador para defender nuestros derechos de manera individual, y posteriormente de manera grupal para trabajar en sororidad hacia una mayor equidad de género. Porque, como dice la popular consigna, “lo personal es político”.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino




Bibliografia

Cepeda Islas Susana El empoderamiento de la mujer como motor del desarrollo local: caso Ejido Narigua, Municipio de Gral. Cepeda, Coahuila

Freire P. (1992). La educación como práctica de la libertad. México: siglo veintiuno

Leon, Magdalena (1999) Poder y empoderamiento de las mujeres. Región y Sociedad. VOL XI. N°18. Bogotá

VV/AA (2007): El Proceso de empoderamiento de las mujeres. Guía metodológica. Brusellas.


VV/AA: Diccionario de acción comunitaria y Cooperación al Desarrollo

VV/AA: Principios para el empoderamiento de la mujer . La igualdad es buen negocio Iniciativa conjunta de UNIFEM y del Pacto Mundial de la ONU


sábado, 21 de diciembre de 2013

Apuntes sobre el rol de las mujeres en la producción de arte literario


La mujer, tal como es, es un individuo
completo: la transformación no debe producirse
en ella, sino en cómo ella se ve dentro del
universo y en cómo la ven los otros
Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel, 1972, p. 49

Si partimos de la idea (errónea a nuestro modo de ver) de que el arte es una entidad autopercibible por su sola condición de ser arte, y que lxs seres humanxs poseemos una cualidad para poder detectarlo, puro y limpio de cualquier funcionalidad, despojado de adjetivos calificativos, efectivamente esta cuestión deja por fuera las condiciones históricas que realmente hacen a que una obra determinada de la literatura, pintura, escultura, etcétera, sea considerado - o no - arte.
Esta concepción del arte ha respondido a la pregunta ¿por qué determinado sector de la población no produjo arte durante un determinado lapso de tiempo? con la sola idea de la creación artística como una especie de don de la humanidad que beneficia a unos pocos. La elección del masculino para designar a los productores del arte no es inocente, ni pretende ser genérico, el “unos pocos” marca que sólo los varones pudieron acceder durante mucho tiempo a ser considerados productores de arte, que además está determinado porque alguien/algunos y con menos frecuencia algunas, deciden qué es considerado arte. Podemos concluir, aunque no sea una novedad, que durante mucho tiempo a las mujeres se les ha negado voz, en el más amplio de los sentidos. 
¿Influyen las relaciones de poder en la producción de arte? De acuerdo a la concepción de Schucking, sí, precisamente, las relaciones de poder determinan lo que es arte y lo que no. ¿Por qué la literatura femenina estuvo muy ausente de este campo? ¿Es que no existía literatura escrita por mujeres o había una decisión deliberada para ignorarla, o incluso suprimirla? 
Si autores que marcaron y aún marcan el pensamiento occidental construyeron una femineidad subalterna, como Aristóteles, que consideraba a la mujer como “el defecto, la imperfección sistemática respecto a un modelo” -el masculino-; Santo Tomas de Aquino, quien opinaba que “la mujer necesita al marido no sólo para la procreación y la educación de los hijos, sino también como su propio amo y señor, pues el varón es de inteligencia más perfecta y de fuerza más robusta, es decir, más virtuosa"; o Rousseau, que aún hoy se sigue leyendo gracias a su construcción sobre el contrato social, y que en su obra “El Emilio o De la Educación” escrita en 1762 fundamentaba la división sexual del trabajo en detrimento de la mujer y también era de la idea de que las mujeres no tienen la misma capacidad de uso de la razón que el hombre, por ello deben dedicarse, casi exclusivamente, a complacerlo. Así las cosas es innegable el afán por construir a la mujer como inferior, incapaz por ello de producción artística.

Picasso, Mujer escribiendo, 1934.

La importancia de la literatura escrita por mujeres no se relaciona con un esencialismo ingenuo, sino más bien con la necesidad de que encuentren un lugar las voces de la mitad de la población, que podamos conocer cuál es su particular visión de los acontecimientos, cómo vivieron y viven, cómo percibieron y perciben, cómo valoraron y valoran la realidad que las rodea.
En 1848, se celebró en Seneca Falls, Estados Unidos, la primera Convención sobre los derechos de las mujeres, dando origen así al incipiente feminismo estadounidense. El resultado de la misma fue la Declaración de Seneca Falls, que en su apartado 13 establecía que “el varón ha procurado, por cuantos medios tuvo a su alcance, destruir la confianza de la mujer en sus propias capacidades, disminuir el respeto por sí misma y hacerle aceptar el vivir una vida de dependencia y servidumbre”. 
Si tenemos en cuenta que el arte es una manifestación humana, es lógico relacionar que los varones siempre tuvieron privilegios en relación con la manifestación de sus ideas, en contraposición de la no-voz que tuvieron las mujeres. Sin  embargo, tal y como lo señala Virginia Woolf, las mujeres sí han sido objeto de representación artística e incluso en pleno siglo XX, la abrumadora mayoría de los libros escritos sobre mujeres respondían a una autoría masculina.
La literatura tiene la virtualidad de dar voz a quienes no la tienen, aunque para las mujeres, tampoco la literatura les aseguró ese espacio, porque también fueron excluidas de este campo artístico, o muchas veces invisibilizadas sus producciones y aportes a la literatura.
Es muy útil para entender la ausencia de la mujer en la autoría de las producciones de arte, el ejemplo que da Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia sobre una imaginaria hermana de William Shakespeare, a la que nombra Judith. Esta comparación resulta maravillosamente ilustrativa de por qué cree la autora que las mujeres no están visibles en la historia de la humanidad, y particularmente en la rama de la literatura, y esa no-presencia se relaciona con el rol que se les asignó socialmente, que las alejaba indefectiblemente de las actividades públicas ejercidas por los hombres. Con esto nos demuestra que la mayoría de las veces no hace falta tener talento, porque la sociedad no da lugar a que ese talento se manifieste. La ausencia de educación, la analfabetización de muchas mujeres, la naturalización de una inferioridad construida culturalmente, las condiciones materiales de existencia determinaron que las mujeres puedan o no producir literatura, se las deje o no producir literatura.
Al respecto de Judith, Virginia nos cuenta que, reaccionando contra una boda que no le apetecía, “Hizo un paquetito con sus cosas, una noche de verano se descolgó con una cuerda por la ventana de su habitación y tomó el camino de Londres. Aún no había cumplido los diecisiete años. (…) Se colocó junto a la entrada de los artistas; quería actuar, dijo. Los hombres le rieron a la cara. (…) Judith no pudo aprender el oficio de su elección. ¿Podía siquiera ir a cenar a una taberna o pasear por las calles a la medianoche?” (2008:36). Esta imagen es confirmada por Dora Barrancos cuando nos dice que “las funciones fundamentales de la maternidad y el cuidado de la familia, que se creían constitutivos de la esencia femenina, la eximían del ejercicio de otras responsabilidades. Estas tareas eran incompatibles con las rudas responsabilidades “de la cosa pública”, cosa de hombres” (Barrancos, 2007:11)

Es tan patente la exclusión de las mujeres para producir arte, que cuando éstas comenzaron a escribir firmando con nombres de mujeres (no es novedad que muchas lo hicieron firmando con nombre de varón, por requerimiento editorial como, entre otras, Charlotte, Emily y Anne Bronte; Eduarda Mansilla, Emma de la Barra de Llanos en Argentina), cuando las mujeres se incorporaron masivamente al género literario, se creó una nueva categoría para éste, denominándose literatura femenina, como si fuera un tipo diferente de literatura. De acuerdo a ello, pensar en mujeres literatas nos exige pensar en la literatura como categoría dividida: literatura por un lado, y literatura escrita por mujeres por otro.
En el ámbito nacional, si pensamos un instante en quiénes son los referentes de la literatura argentina, enseguida se nos vienen nombres como Borges, Cortázar, Bioy Casares, Ernesto Sábato seguidos por Roberto Arlt, Horacio Quiroga, Enrique Molina, Leopoldo Lugones, e incluso podemos llegar hasta los primeros exponentes como Esteban Echeverría, José Hernández , Ricardo Güiraldes, y Domingo Faustino Sarmiento. Sin embargo, “La familia del Comendador” escrita por Juana Manso en 1854 puede considerarse la primera novela escrita y publicada por una mujer o por un varón en el país. En consonancia con lo expresado por Carla Lonzi: “La mujer ha tenido que sufrir su condicionamiento al ser reconocida como principio de inmanencia, de quietud, y no como otro modo de trascendencia que ha permanecido reprimido, a instigación de la supremacía del hombre. Hoy la mujer enjuicia” (1972:53).

Según la autora Lea Fletcher la irrupción de las mujeres en la vida literaria del país tiene su explosión después de que se generalizara la instrucción escolar, a partir de 1823 (Fletcher, 2007). “La quena” escrita en 1845 por Juana Manuela Gorriti se considera el puntapié inicial de la tradición narrativa femenina argentina. Además, la autora señala la trascendencia de la obra en cuestión para provocar un cambio del statu quo cuestionando la dependencia femenina y la toma de conciencia que las responsabilice para la participación en la esfera pública. Estratégicamente, la obra se dirigía a las mujeres.
Aunque Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla de García, Josefina Pelliza de Sagasta y Clorinda Matto de Turner son señaladas por Dora Barrancos como las precursoras de la narrativa argentina (2007), hay muchos nombres de mujeres en la literatura de  nuestro país que son desconocidos para el grueso de la población: Margarita Rufina Ochagavía quien fuera la primera en escribir sobre prostitución. Mercedes Rosas de Rivera (M. Sasor), la hermana de Juan Manuel de Rosas, escribió dos novelas, en una de las cuales se aborda el tema de arriesgarse a subvertir el rol asignado por las mujeres en esa época (Maria de Montiel- 1861). Rosa Guerra, Margarita Práxedes Muñoz y Lola Larrosa de Ansaldo fueron mujeres que escribieron y publicaron durante el siglo XIX en nuestro país (Fetcher, 2007).
No es la intención de esta entrada nombrarlas a todas, pero sí repensar la literatura nacional desde otro lugar y contestarle a quienes pensaron en el arte como algo por fuera de las condiciones históricas de la humanidad, atravesando la literatura por la categoría género. 
Es interesante la reflexión que hacen las mujeres, a través de la literatura, de su condición de subordinación y la necesidad de revertir esta situación, de ubicarse como sujeto histórico al lado del varón. ¡Cuánta reflexión nos habríamos perdido si las mujeres no tomaban la pluma entre sus manos! Virginia Woolf lo postula como una obligación de las mujeres: hay que escribir para lograr la emancipación. No podemos estar más de acuerdo, ya que seguimos en la construcción de una igualdad material, real; y por ello es necesario que la voz de las mujeres se escuche, y se lea la de aquellas que ya no están pero dieron el primer paso en la narrativa femenina y argentina. Las condiciones materiales de existencia condicionan las producciones de arte, y en este momento florecen las obras escritas por mujeres, debemos aprovechar la coyuntura y convertirla en una estructura. 

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

Bibliografía
BARRANCOS, Dora (2007) Mujeres en la sociedad argentina. una historia de cinco siglos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.
CALVERA, Leonor, (1990) “Mujeres y feminismo en la Argentina” Grupo Editor Latinoamericano, Argentina.
CROCE, Benedetto (1913) «Lección primera: ¿Qué es el arte?», en Breviario de estética. Traducción de José Sánchez Rojas. Colección Austral. Madrid, Espasa-Calpe, 1985. 
FLETCHER, Lea , (2007) Narrativa de mujeres argentinas : bibliografía de los siglos XIX y XX / edición literaria a cargo de Lea Fletcher - 1a ed. - Buenos Aires: Feminaria Editora, 2007.
LONZI, Carla (2004) Escupamos sobre Hegel. Rivolta Femminile, Milan, 1972.
SCHÜCKING, Levin Ludwig (1923) El gusto literario. Capítulos 1-2. Traducción de Margit FrankAlatorre. Primera edición en español corregida y aumentada. México-BuenosAires, Fondo de Cultura Económica, 1950.
WOOLF, Virginia (2008) “Una habitación propia”, Seix Barral Biblioteca Formentor, Barcelona, España.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El sentimiento de culpa: Un instrumento político

En esta entrada pretendemos preguntarnos cuál es el lugar del sentimiento de culpa en las mujeres en general, y cual es su consecuencia en aquellas que estan siendo víctimas de violencia por el hecho de ser mujeres. Las diversas culturas han creado distintos instrumentos legales y simbólicos para sostener el statu quo y darle a la sociedad cierto “orden” -arbitrario, claro-. Lo aceptado y esperado vs. lo pecaminoso y delictivo marcan dos esferas que atraviesan la historia de lxs humanxs. Transitar por lo no aceptado tiene sus consecuencias: castigo y culpa. El castigo tiene más que ver con el miedo, pero la culpa se instala como un sentimiento mucho más profundo, que se arraiga en el ser cotidiano y que implica una manera -culpógena y por ende penosa, dependiente y autopunitiva- de ESTAR en el mundo.

¿De donde viene esta culpa? El sentimiento de culpa proviene de la diferencia que se registra entre lo que hago/soy y lo que debo hacer/ser. Esto último está compuesto por todas las identificaciones familiares y mandatos que nos constituyen de manera inconsciente. Como ya hemos desarrollado en distintas entradas, en el caso de las mujeres hay una fuerte presencia de mandatos de como debe ser una mujer: principalmente buena madre y buena esposa. Esto es corroborado en los dichos de muchas mujeres quienes se autoinculpan de todo lo que pasa a su alrededor: de trabajar y de dejar a lxs hijxs, de llegar “fuera de horario” a su casa, del fracaso de la relación, de provocar el enojo de su pareja...en síntesis de TODO. En el caso de las mujeres víctimas de violencia, la culpa asume un lugar protagónico -y de encierro-, y se apoya en una amalgama en la cual la mujer internaliza la culpa, y el varón la deposita siempre en el afuera: la familia, lxs amigxs, el trabajo, el estudio, las mujeres.

La socialización diferencial tiene su importante injerencia al propiciar la construcción de la identidad femenina en base a ciertos roles que implican anteponer las necesidades de lxs otrxs a las propias. Como se expuso en la entrada sobre El Amor Romántico, el amor es para las mujeres una renuncia personal, una entrega total, un infravalorar el deseo propio lo cual provoca entre otras cosas, la dependencia y la sumisión. Cuando aparece en una mujer algo de lo singular, de lo propio y de su deseo que no necesariamente coincide con la vida “adaptada” que viene viviendo, la culpa aparece como mecanismo que cual brújula, marca el camino que se DEBE seguir. Es interesante notar, como este sentimiento genera una repetición improductiva y autopunitiva que no permite movimientos propositivos sino de retroceso. El terreno de la culpa, es como un gran piso cubierto de pegamento que en apariencia nos permite movernos lánguidamente ensayando hipótesis, pero que en realidad nos mantiene estancadxs.

Del discurso de las mujeres a las cuales escuchamos, la maternidad es lo que les ocasiona más culpa y angustia. Tanto por demasía o por falta (de atención, de tiempo, de afecto), lxs hijxs siempre son una excedencia inabarcable que constantemente está pidiendo más... y una buena madre “tiene” que suplir esa demanda. Parte de nuestro trabajo con estas mujeres, es que puedan empezar a preguntarse que es ser una madre para ellas, y que puedan poner en jaque las certezas que las culpabilizan y atan. ¿Pero porque está tan arraigada? Porque la imagen de “cuidadora” y de “al servicio de”, se interioriza con los modelos identificatorios de madres/abuelas/profesoras/otras significativas que transmiten desde siempre que la imagen de una buena mujer tiene determinadas características, y no responder a ese ideal materno/femenino/social tiene consecuencias a nivel social y repercute en la subjetividad. ¿De que manera? Angustia, ansiedad y desgano son tres de los muchos síntomas por los cuales se manifiesta aquello que no se puede decir. En este punto, la culpa es también un mecanismos de autocastigo que enmudece las voces de muchas mujeres que quieren alzar su voz.


Cuando una mujer se aparta del sistema cultural que la define la culpa aparece como un objeto facilitador de la sumisión, conviertiéndose en un sentimiento insoportable y angustioso que inscribe que eso que se ha hecho está mal. Es decir la culpa, ya no es solo un mecanismo psicológico, sino también un instrumento político.

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino






Bibliografía:
VI Congreso Estatal Isonomía sobre igualdad entre mujeres y hombres.  "Miedos, culpas, violencias invisibles y su impacto en la vida de las mujeres: a vueltas con el amor.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Reflexión crítica sobre la mediación y violencia contra las mujeres: razones para su prohibición


La ley 26.485 en su artículo 28 in fine prohíbe cualquier tipo de audiencias de mediación y conciliación. Es sabido que quienes están a favor de esta prohibición se basan en que la igualdad es una condición sine qua non para una mediación eficaz, y la situación de violencia(s) contra la(s) mujer(es) se origina en una situación de desigualdad histórica y estructural entre varones y mujeres. La desigualdad de partida que presentan las partes en estos casos obstaría someter cualquier problemática, aun las derivadas del derecho de familia, al proceso de mediación. (1)
Otra razón para adherir a la prohibición se relaciona con la influencia del estrés post traumático en una víctima de este tipo de violencia(s), presentándose con frecuencia sintomatología relacionada a lo que los especialista denominan “Síndrome de Estocolmo Doméstico” o "Sindrome de Indefensión Aprehendida", situación  que es considerada como provocadora de un consentimiento viciado por parte de la mujer a acceder al proceso de mediación. Es de importancia recalcar que uno de los principios que rigen la mediación es el de la voluntariedad. Otro gran motivo para estar a favor de la prescripción legislativa se relaciona con la necesidad de protección de la mujer víctima: como un proceso de mediación se basa en la cercanía de las partes, puede poner en peligro la seguridad física y psíquica de la mujer que ha sido víctima (2).
Si bien hay doctrina que se muestra a favor de una matización de los casos de violencia contra la mujer (3), y establece que bien podrían algunos de ellos de menor entidad resolverse dentro de este ámbito -evitando así todo lo que lleva aparejado la jurisdiccionalidad-, e incluso existe quienes dicen que el proceso de mediación puede favorecer al establecimiento de una situación de igualdad entre los mediados, ya que es una forma de respetar la autonomía de la mujer (negarle el acceso al proceso de mediación sería una medida paternalista y que la re-victimiza) (4), nosotras consideramos que hay una importante razón (además de las expuestass en los primeros párrafos) que se puede enunciar para reforzar la prohibición legal.
La mediación es un medio de solución de conflictos, un mecanismo “alternativo al judicial, caracterizado por la intervención de una tercera persona (mediador) cuyo objetivo es facilitar la avenencia y solución dialogada entre las partes enfrentadas, tratando de lograr que éstas logren una solución satisfactoria y voluntaria al conflicto, pero nunca ofreciéndola o imponiéndola”(5). Dos de los principios que rigen la mediación son los de confidencialidad y el de inmediatez, este último está determinado por la condición de que las partes y el mediador programen un número de sesiones  a las que van a concurrir los tres juntos, para encontrar la solución al problema cara a cara. 
Consideramos que este carácter de resolución privada del conflicto puede ser contraproducente al momento de analizar el mensaje que se puede enviar a la sociedad. El sometimiento a mediación de este tipo de cuestiones puede tender a invisibilizar el conflicto y su gravedad.
Aunque somos conscientes de que la jurisdiccionalización debe utilizarse en última instancia, en el tema puntual de la violencia contra la mujer es indudable que el valor simbólico que los tribunales tienen y el mensaje que envía a la sociedad es poderoso, sobre todo el que se trasmite al varón maltratador (y a toda la sociedad): el cese de la impunidad que había rodeado a este tipo de conductas se ha terminado. Quizá el resolver de la cuestión en el ámbito privado podría diluir el mensaje tan importante que representa la punibilidad de una conducta que la sociedad considera, o debe empezar a considerar, como intolerable. 

Obviamente entendemos que sin educación que acompañe, el mensaje puede no permear en las capas sociales, pero aun así creemos que estamos en una instancia en que todos los pasos deben darse hacia adelante en pos de visibilizar este flagelo.
Es por ello que consideramos que no solamente no se dan los presupuestos de base para una mediación como la igualdad real entre las partes, sino que también si operara la mediación en este tipo de conflictos quizá representaría una vuelta a recluir esta situación al ámbito doméstico, en el cual estuvo enclaustrado mucho tiempo y el cual fue funcional para el mantenimiento del statu quo de supremacía del varón sobre la mujer. Cuando desaparezca la desigualdad estructural que genera la violencia contra la mujer, van a desaparecer las objeciones a la utilización de la mediación como procedimiento eficaz. Cuando desaparezca la desigualdad estructural, no necesitaremos que el derecho envíe mensajes de ningún tipo a la sociedad, a los maltratadores y a las mujeres víctimas, mientras tanto, consideramos adecuada la prohibición de la ley 26.485, la prohibición de la suspensión del juicio a prueba (desarrollada jurisprudencialmente siguiendo a Belem do Para) y en estos los mismos términos, la supresión de la figura del avenimiento del Código Penal que funcionaba como instancia conciliadora entre una víctima de violación y su agresor. ¿Qué tipo de libertad para consentir puede operar en este tipo de situaciones en donde con una mirada, la mujer ya sabe todo lo que le puede pasar si no actúa como es esperado?

Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino

(1) De acuerdo: DEL POZO PÉREZ, Marta “¿Es adecuada la prohibición de mediación del art. 44.5 de la ley orgánica 1/2004?”, en MARTÍN DIZ, Fernando  (Coord.) La mediación en materia de familia y derecho penal. Estudios y análisis. Ed. Andavira Editora, Santiago de Compostela, 2011.
(2)  Se desarrolla esta objeción en:  DELGADO ÁLVAREZ, Carmen y SÁNCHEZ PRADA, Andres, “La inviabilidad de la mediación en violencia de género: claves psicológicas” en MARTÍN DIZ, Fernando  (Coord.) La mediación en materia de familia y derecho penal. Estudios y análisis. Ed. Andavira Editora, Santiago de Compostela, 2011.
(3) Conforme: MANZANARES SAMANIEGO, José Luis,  Mediación, reparación y conciliación en el derecho penal, Ed. Comares, Granada, 2007.
(4) De acuerdo: ESQUINAS VALVERDE, Patricia, Mediación entre víctima y agresor en la violencia de género, Ed.Tirant lo Blanch, Valencia, 2008.
(5) MARTÍN DIZ, Fernando, “Mediación en materia de violencia de género: análisis y argumentos” en Tutela jurisdiccional frente a la violencia de género: aspectos procesales, civiles y penales, Lex Nova, Valladolid, 2009, pág. 671.