La relación entre las mujeres y el placer, por varios motivos, siempre fue complejizada.
En primer lugar, porque el placer para nosotras estaba vedado: no debíamos sentir
placer so pena de ser consideradas desviadas y amorales. Ni siquiera podíamos
acceder el placer en el marco de la única relación sexual que se nos permitía,
que era el matrimonio debidamente consagrado.
El acto sexual para nosotras era un sacrificio que debíamos hacer para el goce del
colectivo de varones, representada en la figura del marido. Se trataba de “servir”...